jueves, 19 de enero de 2012

¿Control obrero del capitalismo? ( ROLANDO ASTARITA)

A raíz de la fuga de capitales, dirigentes y organizaciones de izquierda (por ejemplo, del Partido Obrero) han planteado la necesidad de que se establezca el control obrero sobre el mercado cambiario, y más en general, sobre los movimientos financieros y los bancos. El control obrero también lo han propuesto como salida para otros problemas. Por caso, cuando se exige la estatización de empresas de servicios públicos, o de industrias básicas (como las empresas energéticas). Extrañamente, dada la importancia que se le otorga, rara vez se precisa para el gran público cuál es su contenido. En esta nota presento los dos contenidos que puede tener el control obrero, y argumento por qué, en la actual coyuntura política, la agitación de la consigna lleva a la colaboración de clases.

Dos tradiciones

En el movimiento obrero mundial ha habido una larga tradición revolucionaria del control obrero, vinculada a la formación de órganos de poder. Es que cuando los trabajadores elegían, en coyunturas de alta tensión revolucionaria, comités de huelga, y éstos comenzaban a extenderse a más y más empresas -y eventualmente, a los soldados, campesinos, etcétera- surgía un poder que comenzaba a disputarle a la clase dominante no sólo el control de los centros de producción, sino también el dominio territorial y político general. Ya Marx hablaba de los comités obreros en la revolución de 1848; luego, fue la Comuna de París, de 1871; y más tarde los soviets (o consejos) en Rusia, en 1905 y en 1917; también los consejos obreros en las revoluciones fallidas de Alemania y Hungría; y los embriones de poder obrero en España en los 30; en las revoluciones de Alemania de 1953, y Hungría de 1956; o en Bolivia, en 1952, para citar algunos casos salientes. Todas estas experiencias fueron producto de ascensos revolucionarios, y cuestionaron (o apuntaron a hacerlo) el poder de la clase capitalista; o de la burocracia stalinista, en Alemania y Hungría. Éste es el contenido que tuvo la agitación por el control obrero en el marxismo. Por eso, nunca fue una consigna para ser lanzada de manera aislada, ya que jamás podía ser instrumentada en un sentido crítico y subversivo por fuera de las organizaciones de poder obrero, y de los programas que éstas asumieran. En particular, sin organizaciones de base de las masas sublevadas, no hay poder dual, y por lo tanto no hay medios para establecer ningún control. Pero la dualidad de poderes no se establece por decreto. En su Historia de la Revolución Rusa, Trotsky escribió que “la dualidad de poderes sólo surge allí donde chocan de modo irreconciliable las dos clases, solo puede darse, por lo tanto, en épocas revolucionarias y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales”.


Por otro lado, en el vértice opuesto, está la idea de que el control obrero puede ser integrado al régimen capitalista. Mandel (1973) sostiene que una de sus primeras versiones la encontramos en la socialdemocracia alemana, que transformó los consejos obreros alemanes y austríacos de 1917-8 en órganos de colaboración de clases con la gran industria. Luego, en la segunda posguerra, tomó la forma del “co-dirección” de las empresas que se habían estatizado en muchos países europeos; una política que defendieron los partidos socialistas y comunistas. También en América Latina se registró este tipo de experiencias, pero a través de direcciones sindicales; por ejemplo, en Argentina el sindicato de Luz y Fuerza “co-gobernaba” la empresa de electricidad Segba, participando de su directorio. Aunque, en realidad, no había “co-gobierno”, sino gobierno de la burguesía. Como señalaba Mandel, “la noción de que el ‘control público’ era ejercido sobre la economía capitalista por el gobierno, el parlamento, los ayuntamientos locales, los comités conjuntos de obreros y directorios, etc., sigue siendo un mito en tanto el poder económico y político real permanece en las manos de la burguesía”. Sin embargo, en aquellos años 60 y 70, algunos pensaron que se estaba avanzando en una transición pacífica y gradual al socialismo. Creían que se podían ir conquistando “trincheras”, empezando por los lugares de trabajo. Era la versión “obrerista” de la idea -tan común hoy en algunos reformistas argentinos- de que es posible controlar al Estado a través de una “guerra de posiciones” (los “usos” de Gramsci son infinitos). En última instancia, se trataba de la táctica de Bernstein, de la “ampliación progresiva del control social”.

Hoy sabemos que aquellas experiencias sólo pavimentaron el camino de la posterior ofensiva del capital sobre el trabajo. Es que en condiciones de control “normal” de la burguesía, no hay manera de establecer un control obrero que no sea un instrumento de cooptación de la vanguardia obrera, cuando no de colaboración de las burocracias sindicales (o de los grandes partidos reformistas, socialistas y comunistas). Rosa Luxemburgo (1973), en polémica con el ala derecha de la socialdemocracia, decía que los trabajadores no pueden co-dirigir con el capital la producción, ya que en tanto subsistan las relaciones capitalistas, estarán obligados a desempeñar, incluso contra su propia voluntad, el papel de empresarios capitalistas. Por eso, el control obrero, cuando se establece en el sentido que lo visualizaba el marxismo, exige, por lo menos, un alto grado de organización autónoma de los trabajadores (consejos, soviets, etc.) y ser implementado en compañía de otras medidas igualmente revolucionarias. Lo cual pide un contexto revolucionario; es lo que decía Trotsky a propósito del poder dual en Rusia (apunto que Trotsky no sacó todas las conclusiones sobre esto cuando escribió el Programa de Transición. Aunque, también hay que decirlo, advirtió que el control obrero no puede agitarse en cualquier circunstancia).

Hoy en Argentina…

Los dirigentes y organizaciones de izquierda que hoy están proponiendo el control obrero sostienen que no plantean la consigna en el sentido reformista, y que de ninguna manera buscan la colaboración con la clase dominante. No tengo por qué no tomar en serio este argumento. Estos partidos enfrentan y denuncian a las burocracias sindicales que se benefician de la explotación del trabajo colaborando con el capital y su Estado. El problema no son entonces las intenciones, sino la mecánica política a la que se es inducido cuando se plantea la consigna del control obrero en una coyuntura como la actual. Es que no se puede plantear la consigna de manera revolucionaria, a las grandes masas, porque no hay condiciones para hacerlo. Tomo como ejemplo otra consigna, que he discutido con el Partido Obrero, la del cambio de la estructura impositiva. En su momento escribí una nota planteando que el cambio de los impuestos, en sí mismos, no iba a mejorar la distribución del ingreso, y que el marxismo siempre había planteado esta demanda acompañada de una serie de medidas transicionales. Se me respondió que el Partido Obrero planteaba la reforma impositiva en el marco de un programa revolucionario, en el que figuraba el control obrero. (véase aquí y aquí). En principio, parecía que estábamos de acuerdo. Pero en los grandes medios la consigna se siguió presentando de manera aislada. Nunca se explicó claramente que sólo tendría sentido progresivo si se instrumentaba en el contexto de un programa de transición al socialismo. Sin embargo, no es que hubiera “traición”, ya que esta actitud hasta cierto punto es lógica. ¿Por qué? Pues porque no hay manera de explicar a la gente que la tarea inmediata es formar comités obreros, establecer el control revolucionario sobre las grandes empresas y disputarle ya mismo el control de la economía al Estado y el capital. Nadie entiende cómo se puede implementar semejante programa ahora. Y pensar que esto se puede “votar” en el Parlamento es, por supuesto, una ilusión, además de inútil (el control obrero no se establece con leyes). Por este motivo, hasta cierto punto, encontramos un discurso dual: en la prensa militante las cosas se explican de manera más acorde con el contenido revolucionario de las demandas, pero en los medios masivos esto no se puede hacer. De ahí también que a veces cuesta clarificar dónde están las diferencias.

Por este motivo, se cae en un propagandismo abstracto (cuando en realidad se procura hacer lo opuesto). Si hoy en las empresas ni siquiera se puede acabar con el control de la burocracia; si en la mayoría de los lugares de trabajo es una demanda “revolucionaria” pedir cosas mínimas; si los activistas están dispersos; y si hay pocas direcciones sindicales antiburocráticas (y más de una ha sido cooptada por la burocracia “reformista”), ¿qué sentido tiene salir a plantear que la consigna inmediata es establecer el control obrero? Observemos que habría que decir que ya mismo hay que formar comités obreros (de lo contrario, ¿quién establece el control obrero?) independientes de la burocracia. ¿Cómo hacerlo, si los activistas y militantes de izquierda están ante tareas inmediatas, organizativas y reivindicativas, mucho más primarias? Incluso, supongamos que en estas condiciones una fracción de la clase dominante tuviera interés en parar la fuga de capitales, dando alguna participación al movimiento sindical. ¿Qué sucedería? Sencillamente, que la consigna sería instrumentada por la burocracia. Ésta es la razón, por otra parte, por la cual la consigna “no prende” en ningún lugar. En ninguna empresa hay control obrero en la actualidad (los casos de las industrias recuperadas no son “control obrero”; lo discuto aquí), a pesar de que algunas organizaciones llevan años agitando la consigna. La gente se da cuenta de que esto es imposible o que, en cualquier caso, generaría uno de los tantos escenarios de colaboración entre la burocracia sindical y el Estado, o el capital. Hacer política no es repetir y repetir una consigna. Hace años conocí un grupo trotskista inglés que pasó décadas terminando cada editorial de su periódico con el llamado a “preparar la huelga general”. Lo que discuto aquí es un caso similar. Las demandas que se agitan deben tener alguna correlación con los estados de ánimo, y las relaciones entre las clases.

En conclusión, la consigna es desacertada. Al margen de las buenas intenciones, sólo puede ser leída como una “receta” para solucionar problemas (la fuga de capitales; la corrupción de empresas estatales, etc.) dentro del sistema capitalista. Pero el capitalismo no funciona bajo “control obrero”. Esto que afirmo no niega, por supuesto, la importancia que puede tener explicar el control obrero en la propaganda y la lucha ideológica por el socialismo. Pero no puede ser pensada para la aplicación inmediata. La relación de fuerzas entre las clases sociales de hoy la hacen abstracta y vacía. Y esto, en el mejor de los casos.

Textos citados:

Luxemburgo, R. (1974): Reforma o revolución, Buenos Aires, Papeles Políticos.

Mandel, E. (1973): “Worker’s Control and Worker’s Councils”, www.marxists.org/archive/mandel/1973/xx/wcwc.html.

Trotsky, L. (1985): Historia de la Revolución Rusa, Madrid, Sarpe.

Sigue leyendo...

lunes, 18 de abril de 2011

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CHILENO: LA VISION DEL GAP

Ya van cuatro posteos publicados respecto al tema de la construcción del partido revolucionario chileno, con más de seiscientas visitas a las paginas respectivas. Quisimos incorporar la visión de los Grupos de Acción Popular (GAP) respecto al tema, que está expresada en un analisis de coyuntura que en dos tandas se han publicado en sus paginas (http://gruposaccionpopular.org ).

" VIII. EL CAMPO DE LOS REVOLUCIONARIOS."

Durante los últimos 20 años la historia de la izquierda revolucionaria ha sido una historia de discontinuidades y rupturas, que ha tenido como conclusión una incapacidad de constituirse como un sector que salga de la marginalidad y que sea una alternativa real desde el pueblo y para el pueblo. Desde que se desarticularon las estructuras partidarias que apostaban a una salida revolucionaria a la dictadura militar, es decir a una combinación de las tareas democráticas y socialistas como opción a la continuidad dictatorial o “democrática” del capitalismo neoliberal, no ha podido surgir de manera consistente, con verdadera vocación popular y hegemónica, una alternativa que dispute al PC la conducción del movimiento popular, que permita que el pueblo entre en el escenario político para luchar y vencer . Si bien es cierto en los noventa surgieron nuevas expresiones de la izquierda, como las variadas derivadas del MIR tras su fraccionamiento original; la SurDA (que tempranamente en su devenir apostó por el Progresismo, antes que por un proyecto revolucionario); nosotros incluso, que reconocemos nuestro nacimiento unido al mismo contexto; y otros tantos minúsculos esfuerzos de reagrupados y nuevas generaciones que no perduraron en el tiempo; todos ellos intentaron dar continuidad a ese imaginario de proyectos políticos más antiguos, sin embargo, sólo lograron resistir una época caracterizada por la desesperanza política ante la ausencia de horizontes alternativos y liberadores.
Leer más[+/-]

    Este periodo de resistencia (principalmente ideológica), dio paso una dispersión y fragmentación mucho más fuerte a fines de los 90’ y principios del siglo XXI, en donde diversas expresiones de la izquierda revolucionaria se vieron envueltas en diversos procesos fraccionamiento, desde donde nacieron nuevas organizaciones y murieron otras. Así, el escenario durante los últimos 10 años fue un número inagotable de siglas, con un fuerte carácter ultraizquierdista, que concentraban su praxis política en el activismo social, con un claro ideologismo en sus propuestas y con una fuerte vocación a la marginalización del escenario político. Esta fue la época en que se reeditaron los polos de reagrupamiento o en que se pululaba en tal o cual coordinación social y política para poder sobrevivir ante el escaso arraigo social. Actualmente desde nuestra perspectiva práctica, creemos que la izquierda revolucionaria vive un proceso de latencia aparente, pero redefiniendo sus líneas. Si bien, los fraccionamientos siguen a la orden del día, a diferencia del período anterior, las siglas no se siguen multiplicando, sino que se reducen, haciendo que el escenario decante en la sobrevivencia de quien sepa posicionarse en el ciclo político actual. Aún con ello a la vista, podemos plantear la dificultad de ciertos sectores de la izquierda revolucionaria de sobrevivir, sosteniendo viejas banderas y colores, más proclives a mantener una política identitaria ante los diversos fraccionamientos que hoy atraviesan. Por eso es sintomático que existan por cada grupo entre dos y tres paginas webs, diversos congresos partidarios y otras cuantas revistas orgánicas, con los mismos nombres, las mismas consignas y los mismos pobres lineamientos, pero dirigidos por diferentes caudillos. Luego de la moda por la horizontalidad y la crítica a la “organización científica” y centralizada para conducir al pueblo, comienza a asumirse como certeza la necesidad de construir una fuerza política capaz de disputar y crear poder por medio de un instrumento partidario. Aún cuando resabios queden, se superan así las tendencias anarquistas y movimientistas que rechazaban de plano la política y la construcción de una organización sólida y cohesionada, las que dominaron desde la década de los 90, que a pesar de lo bien intencionado (pero limitado) de buscar nuevos rumbos para la organización política del pueblo, redujeron su acción a un mero activismo social, sin sustancia orgánica y sin proyecciones estratégicas. El campo de los revolucionarios no puede apostar a seguir manteniendo una política anclada en las propias y viejas trampas que lo han acompañado estos años, manteniendo nombres y siglas para reeditar desfases históricos. Esto sólo alimenta una auto agitación y una política reducida a su mero aspecto identitario, pero con nula vinculación e instalación donde vive y se desenvuelve el pueblo. Tampoco se puede seguir reproduciendo la auto marginación, pensando que al enemigo de clase se lo combate desde la vereda contraria, abstrayendo la realidad política y la correlación de las diversas fuerzas que se mueven en el escenario. Por último, la izquierda revolucionaria no puede mantenerse en pie si sus únicas definiciones y tácticas políticas nacen de esquemas y máximas preconstituidas, ya sea por identidades de “izquierdismo infantil” o meras referencias teórico-académicas que poco saben de la realidad del pueblo o creen saberlo por el sólo hecho de empolvar sus zapatos en trabajos de investigación en las poblaciones. El período actual de la lucha de clases necesita de un proyecto que recoja de la historia lo mucho de experiencia que se ha depositado en un ideario irreprochable de cultura revolucionaria, que lo haga parir desde un correcto análisis científico del periodo que configura el sistema de dominación actual y de la manera en que este se reproduce (en lo ideológico y lo político), que por tanto sea expresión de la creatividad política y práctica de los revolucionarios al centro de donde hoy se construyen las relaciones y expectativas del pueblo, en las condiciones particulares de la sociedad chilena actual, sin los aspavientos de esa, en verdad retrógrada y dilatante, verborrea de “nuevas” izquierdas, “nuevos” sujetos o “nuevos” tipos de organización popular.

Sigue leyendo...

lunes, 11 de abril de 2011

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CHILENO: SEMBRAR PARA COSECHAR VICTORIAS

ALMA NEGRA

Como continuacion del tema "El Partido Revolucionario Chileno" del que ya hemos posteado 2 articulos, publicamos el texto "Sembrar para cosechar victorias", incluido en algunos boletines y conocido tambien como "Tres consideraciones".

SEMBRAR PARA COSECHAR VICTORIAS
(TRES CONSIDERACIONES PREVIAS)

1. Contra la dispersión, caudillismo, falta de unidad y proyecto.

Numerosos han sido los intentos que desde la izquierda chilena más consecuente y desde el término de la dictadura de las FFAA, se han venido levantado para construir o reconstruir un referente y un proyecto que permita dar unidad, contenido y proyección estratégica a las luchas reivindicativas que esporádica y a veces de manera cíclica se desatan en nuestro país.
De todos es conocido que las derrotas sufridas por el campo popular en los años 73, 81, 86-87, la salida burguesa a la crisis nacional y la instalación de 4 gobiernos sucesivos de la Concertación, y la instalación del modelo neoliberal, significaron también el retroceso de masas, la desorganización del campo popular, la destrucción, desarticulación y fragmentación de la izquierda revolucionaria y de sus organizaciones.

Coordinaciones, frentes, movimientos, partidos autoproclamados vanguardias brillan por alguna coyuntura u acción y al poco tiempo se diluyen, fragmentan, se estancan o renuncian a la construcción de un proyecto revolucionario y popular intentando subirse al estrado construido por los poderosos y donde se representa la comedia política bajo el discutido concepto de convertirse en “actores políticos”.
Leer más[+/-]

    De fondo, una y otra vez el topo de la historia, la lucha de clases, se encarga de mostrar las contradicciones entre las fuerzas sociales en pugna, los escandalosos grados de explotación a que son sometidos las y los trabajadores, el crecimiento de las brechas de la calidad de vida que separa a los dueños del poder y la riqueza del pueblo que responde con luchas que incorporan cada vez mayores grados de violencia, pero que son aisladas, sin unidad, con alto grado de espontaneísmo y que logran ser contenidas en la negociación o por la entrega de una reivindicación que será rápidamente escamoteada una vez diluida la fuerza que la logró. Así, el movimiento popular fragmentado, centrado en luchas parciales reivindicativas, con organizaciones sociales muchas de ellas cascarones vacíos de participación popular, cooptadas, difícilmente pueden proyectarse de manera estratégica, máxime cuando los militantes de izquierda más consecuentes prefieren construir “sus” propias organizaciones, centrarse en la construcción de sus propias orgánicas y mostrarse en las paginas de Internet o para las fechas rituales donde desataran su furia combatiendo contra quioscos, vidrieras, o reformistas sin despeinar siquiera a los dueños del poder. Surgen grupos con banderas y símbolos incluidos que escasamente perduran, trasladándose militantes de un grupo a otro, con alto grado de sectarismo y escasa vocación de construir juntos, como pueblo un proyecto que ponga fin a la dominación. Más bien el caudillismo, la vanidad, la arrogancia y el desprecio a las experiencias de otros, el aferrase a los símbolos y banderas de tal o cual “cultura” más que a los profundos contenidos, rigurosos análisis y practica política, quedándose elevado al nivel de icono, con el envoltorio y no los contenidos, con la consigna y no el análisis profundo, con la acción más que el objetivo que buscaba la acción, con el fetiche del arma y no la conciencia que existía tras ella, generando por tanto una mal entendida militancia que hace culto a los fetiches, símbolos, espontaneísmo, voluntad, y en que termina siendo la organización y no el pueblo y sus luchas el foco principal de atención, y donde la satisfacción individualista reemplaza al ser social, al ser parte de un proyecto del pueblo. Podemos encontrar en los orígenes de este proceso al menos tres elementos: el insuficiente proceso y evaluación de las derrotas sufridas, la penetración de la ideología individualista en el campo popular y una practica aislada de las grandes masas y más bien centrada en el desarrollo de la propia organización. El insuficiente procesamiento de las derrotas sufridas tiene que ver con que la propia dispersión de fuerzas orgánicas, las muertes, encarcelamiento de militantes, abandono de dirigentes, generó una visión unilateral de las causas de la derrota sin precisar bien el carácter de ella y cuales fueron los errores cometidos: si en el plano de la estrategia, en el plano de la táctica, en la implementación de ellas, en la construcción orgánica, en la relación partido-masas, si en el plano político, o en el militar. Las lecturas generales y superficiales de estas derrotas tampoco permitieron por tanto rescatar la experiencia acumulada. Se produce así un proceso de negación producto de la derrota, donde todo es puesto en cuestión, llegando al punto de abrir la puerta a las concepciones liquidadoras de la organización como “novedad”. Negación al Partido, negación a la organización, negación del conocimiento y de lo científico. De otra parte, en la ausencia de organización partidaria emergen los “colectivos” que permiten resistir y actuar a escala local, colectivos definidos como políticos-sociales que permiten definir acciones para la lucha gremial o reivindicativa y que muchas veces reemplazan a las organizaciones naturales articuladas para estos fines. El problema es que los colectivos y organizaciones naturales se enfrentan a políticas de carácter nacional, al Estado y a sus diversos componentes y por tanto su enfrentamiento requiere articulación a escala nacional y sectorial, momento en el que el colectivo pasa a ser insuficiente como instrumento. Las propias contradicciones del sistema capitalista van generando, a pesar de todo, por los grados de explotación y plusvalía que requieren, escenarios de confrontación con las más amplias masas. Entonces la radicalidad del colectivo y el campo de acción quedan superados por una lucha reivindicativa que no es posible asumir desde la organización fragmentada y local. La lucha reivindicativa entonces es despreciada, mirada como “reformista” o “meramente económica”, sin entender que son esas grandes masas el sujeto o pueblo a construir como sujeto y pueblo revolucionario y no los instrumentos partidarios, del colectivo o de la organización. La poca comprensión del carácter de la dominación, o el entenderla solamente como una dominación violenta sin comprender la alienación o el dominio ideológico a que son sometidas es la clave para entender este fenómeno. El Estado no solo es una construcción para oprimir y dominar por la violencia sino también para dominar logrando el consenso de los dominados a través de un sin numero de aparatos ideológicos, de propaganda, de educación, en las propias relaciones económicas, de vida cotidiana. El principal problema existente es la relación de dependencia mutua de las masas trabajadoras de sus explotadores: son ellos los que proveen el capital y quienes compran el trabajo que les permite subsistir. Y esas grandes masas no se enfrentaran a ellos sus patrones de manera definitiva sino tienen la confianza en que pueden triunfar y construir una nueva sociedad. Pueden hacerlo, y de hecho lo hacen, de manera parcial, para lograr tal o cual reivindicación, pero solo avanzaran a condición de seriedad en el proyecto, de posibilidad real, de madurez del proyecto revolucionario. Y es en ese sentido el valor de la lucha reivindicativa y económica que permite ir desarrollando organización, confianza en las fuerzas propias, madurar y generar dirigentes, pero sobretodo generar confianza en las propuestas de acción que nacen de la conducción revolucionaria. Ninguna revolución es posible sin las masas como sujeto protagonista principal. Ninguna organización se gana la conducción y el prestigio entre las masas sin estar inserto en ellas, luchando con ellas, madurando con ellas. Por todo lo anterior se hace necesario volver a poner al pueblo como centro y foco de cualquier proyecto. 2. Recuperar el principal instrumento de conocimiento. Los poderosos y sus socios imperiales están más que satisfechos. Lograron postergar y superar la crisis global en que se encontraba la economía mundo y todo el sistema político que amenazaba con desplomarse en los sesenta y ochenta, inflingiendo graves derrotas a los pueblos del mundo entero: no solo se trata del desplome del llamado campo socialista y el paso a un nuevo orden económico, sino que principalmente derrotas en lo ideológico, en la re-instalación del individualismo y el culto a la satisfacción personal y el hedonismo. Se declara la utopía fuera de lugar, la solidaridad es reemplazada por el consumo individual desenfrenado, se instala un concepto de ser humano sin pertenencia a clase y histórico. En lo principal, desde todos los medios de comunicación, culturales y academias controladas por el poder el objetivo es declarar que el marxismo como filosofía y doctrina ha fracasado, así como todas las experiencias ligadas a la construcción de proyecto de una sociedad socialista. Sin terminar de entender que necesariamente los cambios en la esfera de las relaciones de producción impuestas por la contra revolución neoliberal, se traducirían a cambios a nivel de la conciencia política de las masas, agravada por el reflujo del movimiento y la derrota sin la capacidad de comprender los nuevos escenarios de lucha y ante las derrotas estratégicas de organizaciones anteriores, se busca en los orígenes ideológicos las causas de estas derrotas y se decreta que es el marxismo y toda la acumulación de experiencia orgánica y política la que no sirve: para qué Direcciones Políticas si estas se equivocan, para qué estrategias o tácticas si estas son erradas, para qué organización política si basta con la relación horizontal entre iguales. En el fondo de se ha tirado el agua de la bañera con guagua y todo. La negación del conocimiento científico, operada por los poderosos a escala mundial, en nuestro país, logra penetrar en el campo popular con fuerza. Algunos sobrevivientes de organizaciones revolucionarias de las décadas anteriores que intentan reflexionar sobre los fracasos y derrotas, sucumben ideológicamente y son arrastrados a la reflexión fácil y simplista: no es el poder el que se ha impuesto, los orígenes de la derrota hay que buscarlos entre los propios revolucionarios. La solución es simple: para unos es que faltó determinación y valor (lo moral, ético por sobre lo objetivo) , para otros es que las organizaciones estaban infiltradas (la concepción del aparato), para otros es que falló la relación con las masas (se instrumentalizó al movimiento popular), más audazmente los últimos reniegan de todo el conocimiento acumulado en décadas: el marxismo como instrumento de análisis está obsoleto, el partido, el centralismo democrático, la organización misma están superados, todo lo cual abre espacios para las concepciones anárquicas (diferente a anarquistas), a las concepciones de “criterio común”, a la “aceptación de la diversidad”, a la negación de la organización bajo el criterio de todos somos iguales y por ende elevar a categoría máxima la horizontalidad, todo lo que conlleva finalmente a que la superficialidad y lo artesanal predomine sobre el conocimiento y el asumir con rigor y profesionalismo los enormes desafíos de nuestro tiempo. De un plumazo se omite todo el conocimiento científico acumulado desde fines del siglo XIX y las diversas experiencias históricas a escala mundial, cayendo en el espontaneísmo y originando decenas y centenares de experiencias locales que son importantes por su determinación de luchar pero que son sectarias, focalizadas en lo reivindicativo unas, en lo propagandísticos otras y convirtiéndose sus particulares visiones ideológicas en trabas para la construcción de proyectos políticos de carácter nacional o regional. Por todo lo anterior se hace necesario recuperar el marxismo como principal herramienta de análisis y conocimiento para construir un proyecto. Pero no un marxismo mecánico, de manual y recetas, sino la reivindicación de sus tesis principales aceptando que la ciencia es revolucionaria, que las tesis sostenidas a principios del siglo pasado necesariamente han sufrido el rigor de la critica de la praxis por lo que necesariamente existen tesis que ajustar a la etapa del conocimiento actual de la humanidad, recuperando el marxismo revolucionario de Marx como sistema abierto y no como la ciencia definitiva e inmutable que nos presentaron los textos de la URSS y las corrientes estructuralistas. El marxismo a recuperar es el militante, es la teoría como guía para la acción, no es el marxismo que surge en la academia fuera de la lucha de clases como supuesta ciencia de análisis. Es la valorización del materialismo dialéctico, de la lucha de los opuestos, de las contradicciones y su transformación, el método de análisis que va de lo general a lo particular, que valora las condiciones objetivas y materiales de la sociedad tanto como la voluntad para cambiarlas. 3. Recuperar las lecciones de la propia historia Ser social y ser histórico definen dimensiones de un pueblo que se constituye como fuerza social revolucionaria a través de un proceso dinámico y dialéctico de luchas que conllevan a avances y retrocesos, a flujos y reflujos. En lo principal la formación social chilena y su lucha de clases internas esta condicionada por su inserción internacional como economía periférica y subordinada al capitalismo central y en cierta medida su historia está marcada no solo por las contradicciones entre burguesía y proletariado, sino que también por las crisis internacionales del capitalismo, de las políticas definidas en el centro imperial y las crisis entre fracciones burguesas que entran en pugna levantando sus proyectos de dominación. El largo camino de luchas populares, de constitución de un sujeto social que lucha por cambios demandó décadas, abriéndose a finales de los años 60 un periodo de alza constante del movimiento de masas que permitió a la Unidad Popular llegar al Gobierno como alternativa de cambio con un programa de reformas en el marco de la legalidad burguesa, que al intentar ser ejecutado, desató la feroz oposición de las clases dominantes y el imperialismo, agudizó las contradicciones al máximo, permitió la radicalización de una fracción de pueblo que inició un proceso de aprendizaje en torno al poder popular, experiencias ambas que terminaron por cerrarse con el golpe militar y la refundación de la dominación en Chile. La lucha del pueblo contra la dictadura militar permitió a los revolucionarios instalar proyectos de resistencia popular, de guerra revolucionaria, de rebelión popular y sublevación, asumiendo el mayor costo de una lucha que terminó siendo capitalizada por el propio imperialismo y la burguesía opositora a la dictadura, cerrando un nuevo ciclo de ascenso y pasividad en las luchas, esta vez con expresiones de propaganda armada y lucha miliciana, con amplitud de organizaciones de masa que fueron finalmente excluidas del sistema político excluyente que terminó por consolidar el modelo iniciado por la dictadura mediante al apoyo de fracciones políticas desprendidas del campo popular. En el marco de la negación de los proyectos políticos, también existe la negación a esta historia y su continuidad, señalándose como derrotas de otros, de otras generaciones, de otros proyectos, sin entender que son derrotas al conjunto del campo popular. Lo grave de estas posturas en que quienes la sostienen predican están partiendo de cero, negando toda la experiencia acumulada por décadas de lucha y experiencias de diverso tipo. Para ellos no hay lecciones en las luchas de Recabarren por desarrollar los sindicatos, ni en la experiencia de Clotario Blest con el desarrollo de la CUT, no hay nada que aprender de los levantamientos rurales de Ranquil, de la asonada de los anarquistas en la pampa nortina, no hay experiencias a rescatar en la insurrección de la marinería, ni en los intentos de sublevación del 2 de abril, etc., etc. Es necesario recuperar todas las experiencias anteriores, conocer las raíces del movimiento popular y del movimiento revolucionario, los levantamientos populares del siglo pasado, los proyectos y desarrollo de las experiencias de quienes nos antecedieron como el PCR, Vanguardia Revolucionaria Marxista, Grupo Ranquil, Fuerzas Armadas Revolucionarias, MIR, MR2, FPMR, Mapu-Lautaro. Cada experiencia enfrento problemas y desafíos, acumulo experiencia y conocimiento, aprendió de las formas de operar del Estado y de la represión. Es imprescindible aprender de nuestra propia práctica como pueblo, no solo para imaginar como serán los combates futuros, sino para aprender las lecciones extraídas en cada experiencia tales como el aparatismo, el voluntarismo, el militarismo, el vanguardismo, entre otros fenómenos. En definitiva se hace necesario recuperar un enorme caudal de conocimiento y experiencia extraída de nuestra propia historia para ponerla al servicio de una nueva síntesis que permita generar un nuevo proyecto. Esta nueva síntesis debe ser el centro de la actividad de las organizaciones revolucionarias en el presente. No se trata de una nueva coordinación para una actividad puntual, ni una Federación de organizaciones que coyunturalmente se mueven tras objetivos reivindicativos. Estas actividades pueden y deben realizarse. Se trata por el contrario, de generar un nuevo proyecto revolucionario con una propuesta estratégica, con propuestas de táctica para el periodo, una nueva organización que no eluda comprometerse con un proyecto concreto que se comprometa con la construcción de instrumento orgánico, que se atreva a plantear una estrategia de acumulación de fuerza social revolucionaria. Una organización que se plantee con seriedad y profesionalismo las tareas de constituirse en una organización revolucionaria a escala nacional, una organización para acumular fuerzas, para luchar en todos los terrenos y no solo para un territorio, un sector social, una coyuntura. Una organización que trabaje con humildad, que no haga de la crítica al reformismo su centro y única existencia, que “hable” a través de su práctica más que por sus discursos. En definitiva, una nueva organización que supere los métodos artesanales, una organización de revolucionarios profesionales, que recoja el legado de nuestra historia como pueblo, que se construya a escala nacional, que se plantee una estrategia política, una táctica para el periodo, cuyo centro sea la construcción de una fuerza social revolucionaria que se plantee construir un poder dual, un poder alternativo, para derrotar al capitalismo y construir el socialialismo que las masas populares definan.

Sigue leyendo...

domingo, 3 de abril de 2011

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CHILENO: EL REFERENTE QUE NO CUAJA (2)

ALMA NEGRA

Se agradece a quienes tomaron el articulo anterior y lo publicaron o linkearon desde sus blogs o paginas. Respecto a algunas personas que nos escribieron y que hace rato abandonaron las filas de la izquierda revolucionaria para proclamar la imposibilidad de construir alternativa, llamando a sumarse a experiencias reformistas y socialdemócratas, claramente decimos que no vamos a publicar sus opiniones. Tienen diarios, revistas, ONG, redes específicas en donde desarrollar sus propuestas. Este blog está dirigido a personas y organizaciones que, a pesar de la confusión, dispersión y atomización en que se encuentra la izquierda, siguen sosteniendo una postura de principios: ser anticapitalista, estar por la construcción de fuerzas sociales y políticas que luchen por transformación revolucionaria de la sociedad, comprometidos en la construcción de una alternativa política que supere la experiencia local o sectorial.

Continuado con el tema de la unidad de las fuerzas revolucionarias y la construcción del Partido Revolucionario nos parece necesario introducir un elemento, a nuestro juicio fundamental: la relación dialéctica entre opresores y oprimidos, entre burgueses y proletarios, entre las fuerzas que dominan y las dominadas.

Y en este sentido afirmamos que la estrategia global de dominación es una acción y como tal tiene momentos en su ejercicio regidos igualmente por la dialéctica: de imposición, de contradicción, de confrontación y de superación, lo que se corresponde de igual manera con movimientos de los dominados de resistencia (con salida de derrota o equilibrio), de reorganización de fuerzas y generación de instrumentos de lucha adecuados al nuevo escenario (teoría, organización de las fuerzas, programa, estrategia, táctica), para luego pasar a la confrontación en sus subsiguientes fases.
Leer más[+/-]

    Afirmamos que la dispersión, confusión y atomización de las fuerzas populares no es un fenómeno nuevo en la historia de la lucha de clases, ni un fenómeno excepcional o exclusivo de Chile, aun cuando convenimos con Reinaldo Troncoso que en Chile tiene además características particulares. Al respecto vale la pena recordar que el surgimiento del MIR en Chile se da luego de un largo periodo de dispersión y atomización de fuerzas, de la existencia de diversos grupos y organizaciones que se desprenden del PS, del PC, de organizaciones trotskistas, y que van configurando un universo de la llamada izquierda revolucionaria que claramente tiene distintas referencias: la insurrección rusa, la revolución china y la revolución cubana. Son grupos como Espartaco, Vanguardia Revolucionaria Marxista, Grupo Ranquil, Partido Socialista Popular, y otros grupos provenientes del mundo sindical donde destaca Clotario Blest Riffo. Es en el marco de ascenso de las luchas populares, del impacto de la revolución cubana, de la apertura de un ciclo de luchas ascendentes a escala mundial, que se dan las condiciones para que estas fuerzas dispersas pero que están interviniendo en la lucha de clases concurran al proceso fundacional del MIR, organización que una vez constituida, debe pasar por un periodo de construcción de teoría propia, de instalación de una hegemonía interna y de salida de sectores que habiendo sido fundadores no se representan en la línea política que el MIR comienza a sustentar. No podemos obviar, en este segundo articulo respecto al tema del partido revolucionario, que hay organizaciones actuales que se reconocen en si misma como “partido u organización revolucionaria”, en algunos casos como continuadores históricos del MIR, del FPMR, del MAPU Lautaro, y en otros casos como organizaciones nuevas que emergen en la década de los 90 o en el actual periodo como lo son el PC (AP) o el GAP. Vale destacar que estos esfuerzos son distintos a los colectivos, piños, grupos en transición, o grupos de carácter local o sectorial. Siendo “organizaciones” políticas con un mayor grado de madurez y desarrollo, la discusión aquí planteada tiene que ver con el proceso de acumulación de fuerzas del campo popular en el sentido de las alianzas políticas, la construcción de una política no solo para los militantes orgánicos sino para la construcción de un bloque politico, de carácter popular revolucionario. Quisiéramos concluir esta segundo posteo, invitando a leer un artículo de Lenin, escrito justamente en una época de confusión y dispersión ideológica. Se trata de “NUESTRO PROGRAMA”.                                                                NUESTRO PROGRAMA (1925)                                                                                                    La socialdemocracia internacional atraviesa en la actualidad por un período de vacilación ideológica. Hasta ahora la doctrina de Marx y Engels era considerada como la base firme de la teoría revolucionaria; pero en nuestros días se dejan oír, por todas partes, voces sobre la insuficiencia y caducidad de estas doctrinas. El que se declara socialdemócrata y tiene la intención de publicar un periódico socialdemócrata debe determinar con exactitud su posición frente a la cuestión que no apasiona sólo, ni mucho menos, a los socialdemócratas alemanes. Nosotros nos basamos íntegramente en la teoría de Marx: Esta transformó por primera vez el socialismo de utopía en ciencia, echó las sólidas bases de esta ciencia y trazó el camino que había de tomar, desarrollándola y elaborándola en todos sus detalles. Esta descubrió la esencia de la economía capitalista contemporánea, explicando cómo la contratación del obrero, la compra de la fuerza de trabajo, encubre la esclavización de millones de desposeídos por un puñado de capitalistas, dueños de la tierra, de las fábricas, de las minas, etc. Esta demostró cómo todo el desarrollo del capitalismo contemporáneo tiende a suplantar la pequeña producción por la grande y crea las condiciones que hacen posible e indispensable la estructuración socialista de la sociedad. Esta nos enseñó a ver, bajo el manto de costumbres arraigadas, de intrigas políticas, de leyes complejas y doctrinas hábilmente fraguadas, la lucha de clases, la lucha entre las clases poseedoras de todo género y las masas desposeídas, el proletariado, que está a la cabeza de todos los desposeídos. La teoría de Marx puso en claro la verdadera tarea de un partido socialista revolucionario: no inventar planes de reestructuración de la sociedad ni ocuparse de la prédica a los capitalistas y sus acólitos de la necesidad de mejorar la situación de los obreros, ni tampoco urdir conjuraciones, sino organizar la lucha de clase del proletariado y dirigir esta lucha ,que tiene por objetivo final la conquista del Poder político por el proletariado y la organización de la sociedad socialista. Y ahora preguntamos: ¿qué aportaron de nuevo a esta teoría aquellos bulliciosos "renovadores", que tanto ruido han levantado en nuestros días, agrupándose en torno al socialista alemán Bernstein? Absolutamente nada : no impulsaron ni un paso la ciencia que nos legaron, con la indicación de desarrollarla, Marx y Engels; no enseñaron al proletariado ningún nuevo método de lucha; no hicieron más que replegarse, recogiendo fragmentos de teorías atrasadas y predicando al proletariado, en lugar de la doctrina de la lucha, la de las concesiones a los enemigos más encarnizados del proletariado, a los gobiernos y partidos burgueses, que no se cansan de inventar nuevos métodos de persecución contra los socialistas. Uno de los fundadores y jefes de la socialdemocracia rusa, Plejánov, tenía completa razón al someter a una crítica implacable la última "crítica" de Bernstein, cuyas concepciones también reniegan ahora los representantes de los obreros alemanes (en el Congreso de Hannover) Sabemos que estas palabras provocarán un montón de acusaciones, que se nos echarán encima: gritarán que queremos convertir el partido socialista en una orden de "ortodoxos", que persiguen a los "herejes" por su apostasía del "dogma", por toda opinión independiente, etc. Conocemos todas estas frases cáusticas tan en boga. Pero ellas no contienen ni un grano de verdad, ni un ápice de sentido común. No puede haber un fuerte partido socialista sin una teoría revolucionaria que agrupe a todos los socialistas, de la que éstos extraigan todas sus convicciones y la apliquen en sus procedimientos de lucha y métodos de acción. Defender esta teoría que según su más profundo convencimiento es la verdadera, contra los ataques infundados y contra los intentos de alterarla, no significa, en modo alguno, ser enemigo de toda crítica. No consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible: estamos convencidos, por el contrario, de que esta teoría no ha hecho sino colocar las piedras angulares de la ciencia que los socialistas deben impulsar en todas las direcciones, si es que no quieren quedar rezagados de la vida. Creemos que para los socialistas rusos es particularmente necesario impulsar independientemente la teoría de Marx, porque esta teoría da solamente los principios directivos generales, que se aplican en particular a Inglaterra, de un modo distinto que a Francia; a Francia, de un modo distinto que a Alemania; a Alemania, de un modo distinto que a Rusia. Por lo mismo, con mucho gusto daremos cabida en nuestro periódico a los artículos que traten de cuestiones teóricas e invitamos a todos los camaradas a tratar abiertamente los puntos en discusión. ¿Cuáles son, pues, las cuestiones principales que surgen al aplicar a Rusia el programa común para todos los socialdemócratas? Ya hemos dicho que la esencia de este programa consiste en la organización de la lucha de clase del proletariado y en la dirección de esta lucha, cuyo objetivo final es la conquista del Poder político por el proletariado y la estructuración de la sociedad socialista. La lucha de clase del proletariado se compone de la lucha económica (contra capitalistas aislados o contra grupos aislados de capitalistas por el mejoramiento de la situación de los obreros) y de la lucha política (contra el gobierno por la ampliación de los derechos del pueblo, esto es, por la democracia, y por la ampliación del poder político del proletariado). Algunos socialdemócratas rusos (entre ellos, por lo visto, los que editan el periódico Rabóchaia Misl ) consideran incomparablemente más importante la lucha económica y llegan casi a aplazar la lucha política para un porvenir más o menos lejano. Semejante opinión es profundamente equivocada. Todos los socialdemócratas están de acuerdo en que se debe organizar la lucha económica de la clase obrera, en que en este terreno hay que llevar a cabo una agitación entre los obreros, es decir, hay que ayudarlos en su lucha diaria contra los patronos llamar su atención sobre todos los aspectos y casos de opresión y explicarles de este modo la necesidad de unirse. Pero olvidar la lucha política a causa de la lucha económica significaría renegar del principio fundamental de la socialdemocracia del mundo entero, significaría olvidar todas las enseñanzas que nos proporciona la historia del movimiento obrero. Los fervientes partidarios de la burguesía y del gobierno puesto a su servicio intentaron incluso, más de una vez organizar asociaciones de obreros de carácter puramente económico, para desviarlos de esta manera de la "política" y del socialismo. Es muy posible que también el gobierno ruso haga algo por el estilo, puesto que siempre ha procurado arrojar al pueblo dádivas insignificantes, mejor dicho, dádivas ficticias, con tal de distraerlo de la idea sobre la falta de derechos y sobre el yugo que padece. Ninguna lucha económica puede aportar a los obreros un mejoramiento estable, ni siquiera puede llevarse a cabo en amplia escala, si los obreros no tienen el derecho de organizar libremente sus asambleas y sindicatos, de editar periódicos propios, de enviar sus mandatarios a las instituciones representativas del pueblo, como sucede en Alemania y en todos los otros Estados europeos (a excepción de Turquía y Rusia). Y para obtener estos derechos es necesario llevar a cabo una lucha política. En Rusia no solamente los obreros, sino todos los ciudadanos se ven privados de los derechos políticos. Rusia es una monarquía autocrática, absoluta. El zar solo es quien dicta las leyes, nombra funcionarios y ejerce el control sobre los mismos. Por eso parece que en Rusia el zar y su gobierno no dependen de ninguna clase y se preocupan por todos en igual medida. Pero de hecho todos los funcionarios son designados únicamente de entre los que pertenecen a la clase de los propietarios y todos ellos están sometidos a la influencia de los grandes capitalistas, quienes hacen de los ministros lo que quieren y obtienen de ellos todo lo que pretenden. Sobre la clase obrera rusa pesa un doble yugo: la expolian y saquean los capitalistas y los terratenientes y, para que no pueda luchar contra ellos, la ata de pies y manos la policía, que además la amordaza y castiga todos sus intentos de defender los derechos del pueblo. Toda huelga dirigida contra los capitalistas tiene por resultado el que el ejército y la policía sean lanzados contra los obreros. Toda lucha económica necesariamente se transforma en una lucha política y la socialdemocracia debe fundir siempre una y otra en una lucha única de clase del proletariado. El primer y principal objetivo de esta lucha debe ser la conquista de los derechos políticos, la conquista de la libertad política. Si los obreros de Petersburgo, solos, con una pequeña ayuda de los socialistas, supieron conseguir rápidamente del gobierno concesiones tales como la promulgación de una ley sobre la reducción de la jornada de trabajo, toda la clase obrera rusa, bajo la dirección única del "Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia", sabrá conseguir, por medio de una lucha tenaz, concesiones de importancia incomparablemente mayor. La clase obrera rusa sabrá llevar a cabo su lucha económica y política ella sola, incluso en el caso de no recibir ayuda de ninguna de las otras clases. Pero los obreros no están solos en la lucha política. La falta completa de derechos del pueblo y la salvaje arbitrariedad de todos los funcionarios-sátrapas indignan también a todas las personas cultas con un mínimo de honradez y que no pueden reconciliarse con la persecución de toda palabra libre y de toda idea libre; indignan a los polacos, a los finlandeses, a los hebreos y a los adeptos de las sectas religiosas rusas, que sufren persecuciones; indignan a los pequeños comerciantes, industriales y campesinos, que no tienen a quién acudir en busca de defensa contra los atropellos de los burócratas y de la policía. Todos estos grupos de la población, por separado, no son capaces de librar una lucha política tenaz; pero cuando la clase obrera enarbole la bandera de esta lucha, de todas partes le tenderán una mano de ayuda. La socialdemocracia rusa se pondrá a la cabeza de todos los que luchan por los derechos del pueblo, de todos los que luchan por la democracia, y, entonces, ¡será invencible! Tales son nuestros principales conceptos que iremos desarrollando sistemática y ampliamente en las columnas de nuestro periódico. Estamos convencidos de que así marcharemos por el camino trazado por el "Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia" en el "Manifiesto" lanzado por el mismo.

Sigue leyendo...

miércoles, 30 de marzo de 2011

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CHILENO: EL REFERENTE QUE NO CUAJA ( 1)

ALMA NEGRA

La dispersión, fragmentación y atomización de la izquierda revolucionaria chilena es un hecho conocido y presente en cada análisis político, llamamiento o propuesta que surge del sector. No existe colectivo, organización, proto- organización, partido o piños que no reconozca el hecho, y que a continuación no se pronuncie "por la necesaria unidad de los revolucionarios". Los intentos de avanzar en esta línea, desarrollados desde diversas vertientes políticas desde fines de los años 80`en adelante son incontables. Tanto como los fracasos. Coordinaciones, Comités de Unidad, Frentes, Partidos Federados, Bloques, y otras herramientas similares se han generado logrando efímeros acuerdos que se disuelven a poco andar.


Quienes fuimos alguna vez militantes del MIR y hoy participamos de otras organizaciones, reflejamos y resumimos la dispersion que no es distinta a la situación de quienes fueron militantes del FPMR, de sectores consecuentes que alguna vez militaron en el PC, o la de los militantes del MAPU Lautaro. Y pongo el ejemplo de militantes que adhirieron a un Programa de Revolucion Proletaria, a una Estrategia de Guerra Popular, a una concepción de Partido de Cuadros. Baste decir que hoy existen ex miristas en el PPD, en el PS, y en numerosas organizaciones de la llamada "izquierda extraparlamentaria", izquierda "desconfiada" o similares, amen de partidos que se reclaman continuadores del MIR. Tampoco es diferente las experiencias militantes de quienes fundaron en los años 90´organizaciones nuevas organizaciones políticas que tampoco lograron superar la dispersión, manteniéndose algunas de ellas tras fracturas y quiebres que a su vez dan nacimiento a nuevos agrupamientos. En principio, nadie duda teóricamente de la necesidad de la unidad. Incluso del recurso leninista de marchar separados pero golpear juntos. Y sin embargo ni eso logramos. Ni siquiera avanzar entre organizaciones que sustentas principios similares.
Leer más[+/-]

    Los últimos meses hemos asistido a nuevos procesos de quiebres y reagrupamientos, algunos de ellos debatidos agresivamente hasta en Internet, tanto como los Congresos unitarios o nuevas coordinaciones que ya sabemos duraran algunos meses para desplomarse una vez más.Las características de estas organizaciones son su escasa o nula relación con fuerzas sociales reales, sostener principios y criterios políticos muy generales, escasa capacidad para realizar análisis de la formación social y acceder a un conocimiento más certero de las fuerzas sociales , y una practica localista ligada al asistencialismo, a la lucha reivindicativa que no logra politizarse, y en general con un tipo de militante más agitador y propagandista que constructor de fuerzas y al privilegio de una practica política que apunta más al acuerdo político cupular, a la maniobra, que al proceso de debate y construcción real de fuerzas conscientes, que en definitiva está mas preocupada de ganar un puesto en una federación, centro cultural u organización social a que la organización concreta asuma “la política revolucionaria”. Mas ruidos y fuegos artificiales que fuerzas reales construidas. Los puntos de contradicciones entre las organizaciones, no son distintos a los temas que sacuden a la izquierda a escala internacional, y que en muchos casos son debates y contradicciones que se arrastran desde la aparición del marxismo y el Manifiesto del Partido Comunista, conflictos agravados tras el desplome de los llamados socialismos reales, las derrotas a escala mundial del ascenso revolucionario de los años 60 y 70, y la contrarrevolución mundial desatada por las fuerzas imperialistas y burguesías locales extendida hasta el día de hoy con episodios de resistencias locales y reinstalación de proyectos reformistas particularmente en América latina bajo la caratula de “Socialismo del siglo XXI”. Los temas en debate son muchos: Reforma o revolución; proyectos nacionales o ser parte desde un proyecto o corriente a escala internacional; parlamentarismo o acumulación de fuerzas fuera y en contradicción con el escenario político legal; lucha reivindicativa o lucha política, lucha reivindicativa o asistencialismo, lucha legal o todas las formas de lucha, lucha armada como centro, lucha política como centro, lucha reivindicativa como centro. Estrategia de lucha por el poder de tipo insurreccional, estrategia parlamentarista, estrategia de guerra irregular. Desprendiéndose de lo anterior Partido o Movimiento, Partido de masas o Partido de cuadros. Centralismo Democrático u horizontalidad. Sin embargo, otros elementos que están presentes en la incapacidad de avanzar en procesos unitarios o de convergencia, son las prácticas concretas, las confianzas o desconfianzas que generan los actores políticos concretos y un mundo de subjetividades presentes en estos procesos. Desde este blog nos proponemos ir abordando el tema de la unidad de los revolucionarios en diversos artículos, y nos parece que el texto de Reinaldo Troncoso, del MCR publicado por Rebelión el año 2008 sigue siendo en lo sustancial, un buen punto de partida en el debate. El cinismo, la mentira y la izquierda revolucionaria en Chile.A los hermanos de ruta, a los compañeros de historia, a mis camaradas: a los revolucionarios. Hace ya mucho que la izquierda y los revolucionarios fuimos derrotados por nuestros enemigos de clase. Y hace ya tiempo también, que la izquierda y los revolucionarios nos empeñamos por superar esta derrota e iniciar nuevamente un proceso de reconstrucción orgánica, de rearme ideológico y de recomposición moral. En función de esta necesidad histórica, nos servimos de la experiencia y del legado moral que las generaciones anteriores nos dejaron como lecciones de consecuencia, entrega, combatividad, heroísmo y compromiso revolucionario. De este pasado extraemos los valores y principios que sostienen y dan posibilidad de futuro a nuestra lucha, y desde estos valores, hacemos los esfuerzos por levantar la estructura que sea la fortaleza de nuestras ideas y de nuestra práctica de clase. Sin embargo, hace ya mucho también que, los valores del enemigo se han hecho parte del acervo cultural de gran parte de esta izquierda y por lo mismo, los empeños que se invierten para remontar la lucha revolucionaria se retrasan y nuestros objetivos se vuelven una y otra vez a postergar en el tiempo. En casi 20 años, hemos ensayado cientos de fórmulas para salir del atolladero. Están como experiencia, desde los círculos de estudios y formación, pasando por los colectivos sociales y políticos, hasta repitiendo más de una vez la idea de los frentes y la organización de partido. Casi inexcusablemente nos hemos sentido necesarios y hasta imprescindibles en aquellas dinámicas. Nos parece por lo tanto, muy justo, valorar y considerar como un gran y significativo aporte, cada uno de los esfuerzos realizados en estas casi dos décadas de subsistencia política. Parte de los años ochenta, todos los años noventa y los ya dos tercios recorridos de la primera década de este nuevo siglo, se pueden caracterizar como un periodo copado de muchos y variados esfuerzos que en lo fundamental apuntaron a retomar la iniciativa estratégica, pero, lamentablemente sobre un escenario vacío de los principales antagonistas: la clase obrera y el pueblo. Una pequeña franja de jóvenes acompañados de unos pocos ex militantes, constituyeron la nueva fuerza de luchadores que, enfrentaban como realidad un modelo económico en crisis, pero, funcionando dentro de estructuras de dominación política ya suficientemente consolidadas; además de situarse al frente de una clase dominante unida estratégicamente y con una gran capacidad de administración, que les hizo posible prolongar hasta hoy las dificultades estructurales del modelo y su colapso. Este será el contexto que en primer lugar hará inoperante la retoma de la iniciativa. El reflujo social y político, no pulsado con rigor por esta nueva generación, significó profundizar los niveles de atomización a esta izquierda consecuente y a los revolucionarios, aislándonos aún más de las mayorías que ya habían encaminado su rumbo por los senderos del consenso burgués. LOS CAMINOS HACIA EL PANTANO Las ofertas culturales del capitalismo encontraron su terreno fértil en los fenómenos de atomización orgánica, fragmentación social y dispersión ideológica de los sectores obreros y populares, incluidos en estos, obviamente, la izquierda y los revolucionarios. Difícilmente los pequeños grupos que enfrentaban de manera activa al sistema, podrían mellar con sus acciones al contenido atrayente del “bienestar” consumista, al afán individualista y a la alienante competencia dada para complacer el arribismo social que había inoculado el sistema en cada una de las cabezas “ciudadanas”. La marcha por el endeudamiento y por el sobre endeudamiento ya se había iniciado en la década de los setenta y en los ochenta las tarjetas de crédito lucían brillantes hasta en las billeteras de muchos militantes de la izquierda anti-sistémica. Las justificaciones para legitimar tamañas novedades iban y venían del mismo modo que la Concertación justificaba la interminable “transición” a “la democracia”. La nueva fuerza, intentaba ser un baluarte de justicia frente a las mentiras y falsas promesas de los sectores dominantes, y su rechazo ético al sistema que tenía como contraparte la moda del pragmatismo político, la convertía en una izquierda marginal y distanciada de los espacios ocupados por las mayorías que, sólo ponían atención a las ofertas del gran capital financiero internacional. Difícilmente esta franja de revolucionarios pudo quedar libre de alguna contaminación ideológica burguesa, sobre todo en las condiciones de auto-“marginalidad” que asume. La identidad que se busca rescatar, definitivamente se altera o se pierde, cuando sin darse cuenta abre espacio en su seno, a todo un andamiaje conceptual dentro del cual la idea de diversidad, se constituye en un importante eje de desarrollo ideológico que, la propia clase dominante había elevado como la propuesta preferente de su consenso inter-burgués. Colocada en una situación de minoría; sin contar con espacios amplios de gravitación social; sin el ejercicio del debate al interior de una ausente clase obrera independiente y activa, crítica y con capacidad de control moral; sin la oportunidad de confrontar las ideas de cara a los acontecimientos históricos. En definitiva, esta izquierda revolucionaria minoritaria, se enreda y confunde con sus auto-referencias y sus “verdades propias”, perdiendo así el norte dialéctico de su dinámica, para finalmente caer cautiva de marxismos sui generis que, han resultado altamente nocivos y hasta contrarrevolucionarios en sus premisas. La constatación que se advierte y que resulta dialéctica en su naturaleza, es que no será posible constituir a la clase para sí, sin la existencia del instrumento organizador, educador y conductor de los trabajadores y el pueblo: el Partido Revolucionario. Así también, no será nunca posible sostener en el tiempo la naturaleza revolucionaria del Partido de la clase, si no se cuenta con una Fuerza Social Revolucionaria activa y que desarrolle un protagonismo transformador en los ámbitos políticos, económicos y sociales. Esta retroalimentación entre partido y masas será la condición que allane el proceso de acumulación de fuerzas y le devuelva a las masas su soberanía y poder político. Lo que ahora está dado, es una frágil voluntad por dotar a la experiencia militante, de los conocimientos y de los principios que den consistencia y rigor científico a la tarea de edificación del polo revolucionario y que sea alternativo en todos los sentidos al bloque dominante. Para entendernos, haremos un recorrido temporal sucinto, a las fases de desarme de la izquierda revolucionaria, y él como hemos caído en el actual momento de descomposición que arrastramos ya desde hace dos décadas, y que han acentuado la crisis del campo popular y prolongado en el tiempo el vacío de conducción revolucionaria. 1. A fines de los años 80 la crisis de la izquierda deriva en a lo menos tres situaciones negativa que instalan una correlación de fuerzas desfavorable para los sectores dominados y serían las siguientes: o Capitulación y subordinación de un sector importante de la izquierda al proyecto de la oposición burguesa. Año 86-87. El Partido Socialista Almeyda, se integra a la “Alianza Democrática” y arrastra al Partido Comunista a la demanda de elecciones libres, legitimando con ello el itinerario político diseñado por el Departamento de Estado Norteamericano, para el término de la dictadura y que llamaron “Acuerdo Nacional”. o El Partido Socialista, el Partido Comunista y el equipo de Alianzas del MIR, deciden cancelar la experiencia del Movimiento Democrático Popular (MDP) en el intento de posibilitar un acuerdo político con la “Alianza Democrática” (Mesa Política Privada) y deciden el impulso de “Las Mesas de Concertación” sustituyendo con ello a “Las Coordinadoras de Masas” que tenían un carácter más ofensivo y rupturista y que expresaban un protagonismo más directo de los sectores sociales. Se abandona al nivel cupular, la lucha democrática independiente y se reflotan en el PC y PS las viejas concepciones reformistas, estimulando a los sectores sociales a que se subordinen a la táctica burguesa opositora que levantó como referente central un organismo cupular que llamaron “La Asamblea de la Civilidad”, instrumento que asume como tarea, encabezar las negociaciones con el instrumento pro-gobierno, “El Acuerdo Nacional”. o Como resultado del abandono de la lucha popular independiente, se comienzan a manifestar fisuras en la izquierda y en los sectores revolucionarios. Este proceso deriva en una crisis generalizada que termina produciendo la división de los partidos cuya expresión se traduce en la generación de un polo reformista y otro revolucionario. El reformismo se realinea sumando además en esta iniciativa a la militancia escindida de los sectores revolucionarios. En el intento de disputarle la influencia a la oposición burguesa, constituye para la ocasión el partido electoral PAIS, que representó el absoluto divorcio con los objetivos históricos de la izquierda e incluso con los objetivos de clase del reformismo obrero de antaño. Son entonces, las profundas debilidades de los revolucionarios y las explícitas posturas capitulacionistas y conciliadoras del reformismo de izquierda, los que posibilitan la derrota ideológica de los sectores obreros y populares, que se sumará a la ya consumada derrota político-militar de la franja revolucionaria. El reflujo comenzado a mitad del año 1986 (año decisivo) con el aborto de la táctica del “Alzamiento Democrático de Masas” y la consiguiente frustración que significó para los sectores más avanzados en conciencia, devino en un fuerte y negativo impacto moral para la resistencia obrera y popular. El importante, significativo y provechoso estado de cohesión ideológico que se había logrado a lo largo del proceso de acumulación de fuerzas en el desarrollo de la lucha antidictatorial, se eclipsa de modo abrupto y comienzan a operar con respecto a las condiciones objetivas, formas de ver y entender los hechos que difieren radicalmente de los análisis marxistas de la realidad; por lo tanto se pierde la visión científica acerca de los acontecimientos. Las lecturas de la realidad, comienzan a tener en el seno de la propia izquierda revolucionaria un sesgo unilateral y absolutamente relativo, lo cual dio para que algunos intelectuales y líderes se rindiesen acríticamente al proyecto burgués opositor a la dictadura. Tales ejercicios intelectuales que van incidiendo en la experiencia práctica de los militantes, determinan el fortalecimiento de la renovación socialista, que en algún momento se batió en retirada, pero que dada esta crisis irrumpe con nuevos bríos, hermanada a sus nuevos camaradas ideológicos: los miristas y comunistas renegados. Sin constituir estos sectores un bloque único, se identifican con el discurso de ir valorando al interior del campo obrero y popular la democracia burguesa, y arriban a entenderla como un sistema justo, neutral y sin apellido de clase, legitimándola como opción política. La atomización se extiende como fenómeno político y social y la dispersión ideológica va dividiendo y subdividiendo a los revolucionarios, haciendo que en los pequeños grupos “el tuerto en el país de los ciegos se convierta en rey”. 2. Fukuyama y el postmodernismo se perfilan como la moda intelectual de los 90. Con el derrumbe del socialismo real, muchos de los pensadores de la izquierda ya centrista o ya reformista involucionan, comienzan a confesar culpas y reniegan de sus principios para compartir la misma mesa con el enemigo de ayer. En el campo revolucionario las visiones autonomistas y el caudillismo empiezan a erosionar los cimientos valóricos; al punto de convertir muchas experiencias orgánicas en los “laboratorios de experimentación” de los complejos psicológicos de militantes seducidos por los afanes de figuración personal. Con justa razón se entendió el surgimiento de los colectivos, como la forma más genuina de la crisis y derrota de la izquierda y los revolucionarios, esta forma de organización representó el estado concreto de la atomización en el que había caído de manera lamentable la izquierda reformista como revolucionaria. En los colectivos, que aparentaban las maneras democráticas con su horizontalismo a ultranza, es en donde más patente quedó el profundo grado de distanciamiento y divorcio de la izquierda con las grandes mayorías. En los colectivos, la izquierda y los revolucionarios nos mentíamos un papel de vanguardia y liderazgo que no poseíamos y que engañosamente nos iba ovillando hasta hacernos mirar nuestro propio ombligo. Los nuevos dirigentes y líderes, particularmente los elementos más jóvenes, desarrollan su rol y responsabilidad con un déficit significativo de preparación teórica; es más, muchos de ellos asumen la cruzada de descalificar todo esfuerzo que tienda a explicar los hechos desde una plataforma analítica. La soberbia y arrogancia caracterizaron en muchos espacios de encuentro de la izquierda, la conducta y actitud política de los militantes organizados en colectivos. El desprecio y rechazo a los militantes que intentaron una postura de evaluación intelectual de lo coyuntural, fue una conducta recurrente, el intento de análisis simplemente fue tratado como un ejercicio inútil, “pajero” y denso frente a opciones de naturaleza voluntaristas, espontaneistas y que sus actores reivindicaron como lo único válido, en tanto se trataba de una práctica de enfrentamiento directo con los aparatos represivos en la lucha callejera. 3. LUCHAR, LUCHAR, PERO SIN OBJETIVOS CLAROS Lo antisistémico, sintetizó el voluntarismo colectivista de casi dos décadas. A finales de los 80 y toda la década del 90, al margen de todo análisis e indiferentes de donde estaba situada la mayoría, se yerguen en la escena política nacional cientos de átomos políticos y sociales que pretendieron dar cuenta de los antagonismos de clase, paradójicamente soslayando el sentido y análisis de clases de tales enfrentamientos. Sin duda que el marco de fondo apuntaba a las falsas promesas, al populismo y demagogia de la clase dominante, que rápidamente había homogenizado sus intereses y que ya caminaban orientados por el “Consenso de Washington”. El radicalismo de la nueva generación, no hilaba ni pretendía hilar fino. Para estos actores políticos y sociales, todo olía a podredumbre y lo único que restaba era la acción directa de masas, aunque sin masas. La consigna que reflejaba este ánimo la construyeron el año 96, los estudiantes universitarios de la USACH: “Si las calles arden es porque aquí no ha cambiado nada”. Sin embargo, siendo razonable lo que esta consigna resumía, lo que no se entendía a nuestro juicio, era la relación dialéctica y directa entre la derrota y la superestructura ideológica del régimen, erigido para conducir la nueva etapa del Estado burgués. En este sentido, el nuevo liderazgo revolucionario, pierde de vista al Estado como el instrumento desde el cual la burguesía proyecta su dominación en el terreno de las ideas, y lo ven como un factor pasivo que no produce ni concentra la dominación, de ahí que no se sienta la urgencia ni la obligación de elaborar un programa que represente una concepción integral de sociedad y que nutra teóricamente las aspiraciones populares del momento, respecto de posturas como estas Lenin nos dice que: “La lucha por arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular, es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas relativos al "Estado".” ( 1 ), es bueno señalar que el contexto de las postrimerías de los 90, se muestra como la etapa de mayor dispersión ideológica en el seno de la izquierda y los revolucionarios. En este tiempo, en muchos colectivos comienza a cobrar fuerza la crítica al partidismo, se reivindica como más legítima la militancia social y de manera progresiva se va instalando una suerte de gremialismo de izquierda que; establece una dicotomía entre lo social y lo político e irrumpe con el discurso del autonomismo social y la idea de diversidad como negación a la homogeneidad de clase. El nuevo liderazgo comete el error de ver y sentir como enemigo a las políticas (las agendas), a los planes coyunturales, a las medidas temporales que toma la burguesía para resolver sus problemas y proyectar sus intereses. No logra ver el conjunto de factores que intervienen en la lucha de clases y que configuran en la historia el reflejo estratégico de su poder e intereses. De ahí el carácter cortoplacista que tuvo todo el accionar de la izquierda y los revolucionarios a finales de los 90, justamente porque no estaba entendido el rol del Estado aún en condiciones de democracia burguesa formal. Lenin nos recuerda desde el marxismo que: ”EI Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.” ( 2 ) La verdad es que en esta década se instaló un negativo fenómeno, que convirtió los espacios políticos y sociales en terrenos tremendamente áridos para el desarrollo del debate y la discusión, con la altura de miras que se precisaba para momentos tan adversos y complicados y que conformó la etapa más característica del reflujo de la clase. ( 1 ). Lenin. V.I. “El Estado y la Revolución”. Pág, 2. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín 1975. 1ª edición 1966. (2). Lenin. V.I. “El Estado y la Revolución”. Pág, 7. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín 1975. 1ª edición 1966. A mitad de los 90 se va configurando un estado de miseria intelectual que nos permitiría hablar del comienzo de un analfabetismo cultural, situación que precisamente pone la ciencia a larga distancia de la práctica política y social. La inteligencia es exiliada institucionalmente de las universidades y de aquellos espacios que la hicieron en un momento su hija predilecta y legítima; como eran los medios de comunicación social y las tribunas de los centros de estudios e investigaciones; de paso se le niega hospedaje en los sindicatos y en las organizaciones populares. En este periodo, la inteligencia no contó en el mundo obrero con aliados, como si los tuvo en los comienzos del siglo XX con Luís Emilio Recabarren, Elías Lafferte y tantos excelentes autodidactas del campo de los oprimidos, que la cultivaron y le dieron un lugar privilegiado en la marcha de los humildes hacia el saber y en la conformación de la conciencia de clase. Mientras la mayoría de los viejos militantes se divorciaba de su matriz teórica, para incursionar en muchos casos en terrenos idealistas, los jóvenes de los activos políticos, también en su mayoría despreciaban el intelecto y combatían en el ejercicio político la necesidad de estudiar, reflexionar y debatir a la luz de grandes ideas. Hacer el intento por sistematizar los recorridos históricos, sintetizar la experiencia o analizar el básico estado de las relaciones sociales, era necesariamente un enfrentamiento aparentemente generacional porque, este intento a favor del pensamiento y del desarrollo del pensamiento, era insultado como anacrónico, como desfasado o simple y vulgarmente tratado de “paja mental” por gente que supuestamente nos quedamos en el pasado. Al abrigo de estas circunstancias, los viejos y los nuevos militantes participamos e hicimos nuestras experiencias, y cada uno llevó la impronta de estos prejuicios y las distorsiones de querer avanzar sin la referencia teórica que, nos posibilitara orientar y ordenar nuestra marcha como explotados y oprimidos del capitalismo. En algún momento se asumió una suerte de acuerdo tácito, que en los espacios de discusión soslayaba recurrentemente los temas estratégicos, argumentándose que estos no nos acercaban y que por el contrario eran causa de división y retraso en la unidad. Esta posición que compartían muchos colectivos, cada día que pasaba era desmentida como una falsa postura y quedó demostrado que a la postre, tales argumentaciones, no fueron más que la gran justificación y el gran pretexto que utilizaron los caudillos para mantener a toda costa sus pequeñas propiedades o capillas político-ideológicas. Tarde nos dimos cuenta que la omisión de los grandes temas de fondo o estratégicos, nos condenaba a una eterna postergación del proceso de reconstrucción orgánico, el rearme teórico y el desarrollo de la conciencia de clase. Obviamente, censurada esta discusión, los diferentes colectivos y/o pequeños partidos de la izquierda y los revolucionarios, nos estábamos negando la incorporación en el debate y la discusión, de toda la base científica desde la cual podía edificarse nuestra concepción del mundo y de la historia. Mientras el enemigo consolidaba sus formas de dominación, inyectando en cada tramo de sus aplicaciones prácticas, la mayor cantidad de elementos “científicos”, aún cuando tales premisas se correspondiesen con las corrientes teóricas más unilaterales en la forma de explicarse los fenómenos de la realidad: Aún cuando, los modelos epistemológicos no superaran las nociones del empirismo, el sensorialismo y toda suerte de familiaridad argumentativa con el neo-positivismo. La clase dominante fue capaz de imponernos un “Consenso de Washington” que volvía a poner de pie los esquemas conservadores de la propiedad privada de los medios de producción, esta vez, sobre la base de una consistente revolución tecnológica de la cibernética y la informática, avances extraordinarios con los cuales se respalda toda la dinámica financiera y especulativa del gran capital imperialista. Así las pequeñas y grandes batallas del capital financiero internacional por una holgada hegemonía en el planeta, contó a cada momento, de una gran asistencia técnica e intelectual que hizo su juego seguro y exitoso. En estos casos, el ítem “asesoría” no pudo estar ausente de ningún presupuesto que pretendiera el financiamiento de cualquier estrategia de poder. De este modo, la clase dominante cubre todos sus espacios de planificación, con grandes y afiatados equipos de tecnócratas que a su vez se constituyen en sus representantes políticos. Al revés, en el campo popular, los actores orgánicos, desmerecían la labor de los intelectuales y asumían la lucha callejera como el único resorte de reconstrucción posible. CUANDO LA RAZÓN NO NOS ASISTE La década de los 90 que pudo ser un periodo de aprendizaje de lecciones históricas, un momento de autocrítica y de corrección de los métodos de construcción, un momento de análisis y profundización teórica; lamentablemente se convierte en una etapa de autodesarme, de divisiones y subdivisiones, de fragmentación social y de dispersión en el plano de las ideas. Pero también, se convirtió para las nuevas generaciones de activos políticos y sociales, en un momento de ruptura con todo aquello que les pareciera causa de la derrota. Los militantes de los 60 y de los 70 no fuimos capaces –según ellos- de tomar el cielo por asalto y heredarles una sociedad nueva en la cual volcar todo su ímpetu imaginativo y creativo y el gran reproche que se instala, es que fuimos demasiados intelectuales y poco prácticos en el terreno de la lucha por el poder. Que particularmente los partidos de la izquierda revolucionaria, gastamos demasiado tiempo y energía en elaborados diagnósticos; pero, nos hicimos incapaces e impotentes para imponer revolucionariamente el remedio que nuestras sociedades necesitaban. La nueva hornada de jóvenes izquierdistas, ponen en entredicho, no sólo los métodos de lucha, no sólo el modelo orgánico, sino algo mucho más importante: la teoría revolucionaria. En razón de estos cuestionamientos, se abren grandes flancos de crítica al marxismo, particularmente a lo que se supone, sería su variable stalinista. Es aquí donde el postmodernismo arremete con sus juicios escepticistas y poniendo el acento en la derrota, logra legitimar y justificar las visiones del radicalismo pequeño-burgués que posibilita el desarrollo de expresiones orgánicas seudo-anarquistas, que extrañamente conocen poco de Max Stimer, Proudhom, Bakunin, Malatesta, Kropotkin. Esta generación expresaba aversión al ejercicio intelectual, por lo mismo construyen sus argumentaciones con lecturas fragmentarias y desarrollan clichés sub-culturales que se asientan fundamentalmente en la irreverencia como conducta o comportamiento social. Junto con el advenimiento de la Concertación como coalición de gobierno, el terreno de la izquierda y los revolucionarios, por los varios factores que ya hemos señalado en esta reflexión, como ya lo dijimos, se muestra como un espacio árido. Con una clase obrera y con amplias capaz populares inmersas en un reflujo social y político profundo, atentos sólo a los cantos de sirena de la clase dominante. La vieja y nueva militancia queda reducida a pequeñas organizaciones, que más se asemejan a las estructuras de círculos de discusión política en tiempos de derrota. Es en estos espacios donde comienzan a cultivarse las desviaciones ideológicas, las trancas morales y los prejuicios que hacen crecer la desconfianza hacia uno u otro colectivo que se entienda como el rival o competidor, dentro de un falso proceso de acumulación de fuerzas que, precisamente por su naturaleza falaz, no convierte a ninguna de las orgánicas en la vanguardia revolucionaria que pretenden ser. Desde entonces a esta parte, la experiencia de la izquierda revolucionaria ha sido un permanente ciclo de encuentros y desencuentros, fusiones y divisiones que validan y confirman una y otra vez la egolatría y el personalismo enfermizo de los caudillos o “patrones de fundo” de las pequeñas capillas ideológicas. Ellos se nutren de las descalificaciones, de las injurias y vilipendios que lanzan contra aquellos militantes que les “roban protagonismo” o que demuestran ser más consecuentes, más capaces y más ejecutivos que ellos en la realización de las tareas revolucionarias. Estos caudillos que han surgido bajo el amparo de las debilidades de la izquierda y los revolucionarios, bajo la atmósfera de mediocridad que despliega la decadencia valórica del capitalismo, ellos y sus acólitos no sólo han retrasado los procesos de reconstrucción orgánica, de unidad estratégica de los revolucionarios, sino que peor aún, premeditadamente se han propuesto enturbiar los vínculos básicos de relaciones y acuerdos, desde los cuales se pueden trabajar las confianzas políticas para avanzar hacia propósitos de acumulación y crecimiento de la influencia de los revolucionarios en el seno del pueblo. Es mucho ya el tiempo y son muchos los años en que han operado como si fuesen una quinta columna del enemigo. Muchas veces su conducta política ha resultado mucho más dañina que las tareas de zapa de los agentes del enemigo, y siguen en nuestras filas sin que ninguno, hasta hoy, hayamos tenido la capacidad de neutralizarlos o derechamente expulsarlos de las filas revolucionarias. NO ECHAR LA CULPA AL EMPEDRADO Hoy nos hacemos testigos de la reactivación social de algunos sectores de trabajadores y de algunos sectores del pueblo. Son sin duda, aquellos sectores que más contradicciones tienen con el modelo, y la lucha que han emprendido es una lucha valiosa, importante, pero de naturaleza economicista. De ninguno de los enfrentamientos dados, podemos rescatar un trasfondo político que cuestione los pilares de sustento del modelo y que serían el origen de los problemas por los cuales se movilizan. Aun cuando algunas orgánicas políticas, quieran ver en estas expresiones de protesta y descontento, un giro en las condiciones subjetivas y declarar que la lucha reivindicativa actual, se acompaña de un avance en la conciencia de clase de estos actores sociales, y que nos encontramos a las puertas de un nuevo periodo de la lucha de clases, pensamos hay una gran equivocación. Si bien estas dinámicas tienen niveles satisfactorios de organización y cuentan con liderazgo social, no es menos cierto que, tanto la organización como su liderazgo, manifiestan como contenido una demanda social de carácter sectorial, que precisamente, no asume el conjunto de problemas económicos, sociales y políticos que de ser tomados en cuenta, daría lugar a una plataforma más integral de lucha democrático-popular, y que reflejaría por lo tanto, un estadio mucho más elevado de conciencia. Frente a estos embrionarios niveles de reactivación social, está presente otra realidad, pero que se plantea desde su ángulo negativo: el vacío de conducción revolucionaria. Si bien el enemigo de clase cumple con su cuota de causal en esta situación de debilidad y dispersión de los revolucionarios, también es real que otras causas y otros factores que condicionan la existencia de una dirección revolucionaria, se encuentran en nuestras propias filas. En este sentido, es bueno agudizar el sentido político y darnos cuenta que en nuestras propias organizaciones puede estar solapadamente presente el reformismo obrero o pequeño–burgués; puede estar el defensismo de izquierda, cuyas posturas centristas, se enuncian al interior de las organizaciones con postulados vacilantes que postergan permanentemente las tareas revolucionarias, so pretexto de que las condiciones objetivas nunca están maduras para la intervención de los revolucionarios; y el radicalismo pequeño-burgués que a diferencia de los defensistas, proclaman coyunturalmente posturas ofensivas y radicales, pero que están carentes de finalidades programáticas y objetivos estratégicos. En esta última concepción, nos encontramos con los elementos más perniciosos en cuanto a las desviaciones ideológicas que se manifiestan en nuestras filas. El radicalismo pequeño burgués suele ser por razones de extracción social, una tendencia de características negativa y peligrosa en la organización revolucionaria, por su afán de poder y de control de la estructura orgánica y en razón de una auto-percepción mesiánica, que pone en duda la capacidad teórica y política de conducción de aquellos militantes que no participan de su camarilla y de su política de pequeño círculo al interior de la organización revolucionaria; legitimando de este modo y en los hechos el fraccionalismo y la conducta tendenciosa solapada, encubierta, y que atenta permanentemente contra el Centralismo Democrático. Despliegan desde el pequeño grupo la actitud insidiosa contra cualquier militante que anule o ponga en peligro su influencia, y mediante artimañas como la mentira y el descrédito de sus “rivales” u oponentes, imponerse en su condición de minoría oportunista y con toda la carencia de moral revolucionaria que los caracteriza. Podemos decir por ello, que la etapa de descomposición en las filas revolucionarias, no ha llegado aún al fondo, y que todavía tenemos que andar un importante trecho de avances y reveses, hasta que no nos hagamos capaces de decantar, toda la escoria que la tamaña crisis vivida nos ha adosado al cuerpo orgánico-político. Lenin también nos alecciona, cuando en la crisis del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, debió enfrentar las posiciones solapadas y engañosas de Martov y desenmascarar el discurso aparentemente revolucionario de una minoría, que de manera oportunista y falsa se apartaba de los principios y de la práctica revolucionaria, intentando dar una y otra vez golpes arteros a la disciplina, a la democracia interna y a la moral de la militancia revolucionaria. Lenin, les dijo con franqueza y acompañado de su temple teórico, que los vacilantes, que los cobardes, que los oportunistas, podían si así lo deseaban, caminar hacia el pantano, pero que soltaran las manos de los militantes honestos y se fuesen solos a las trincheras de la contrarrevolución. Y así fue, Martov y su camarilla terminaron como (mencheviques) minoría engrosando las filas de los enemigos del proletariado. Podemos decir entonces, que la historia vuelve a dejarnos lecciones, que lo que ahora nos toca vivir, como una lamentable etapa de descomposición política y moral de algunos segmentos de la izquierda y los revolucionarios, se establece como una relación dialéctica de situaciones en la que el enfrentamiento de clases y no otro fenómeno, explica las causas y los efectos de la derrota obrera y popular, explica las necesidades y casualidades en el proceso de acumulación, aquilatamiento y finalmente desplome de la fuerza social revolucionaria, es decir, la lucha de clases explica todo el balance posible de un prolongado proceso de construcción político, social e ideológico y el carácter histórico de los enfrentamientos así como el revés objetivo de los sectores dominados traducidos en bajas de sus dirigentes y cuadros, por lo tanto, la lucha de clases explica también el descabezamiento de toda su fuerza. Pero también, poniendo atención a las contradicciones históricas, podemos integrar al análisis otra categoría de la dialéctica materialista: la relación contenido-forma, para poder explicarnos que, toda crisis y toda derrota, es el resultado provisional de la puesta a prueba de todo lo que táctica y estratégicamente se concibió como el movimiento histórico de los explotados, y en un periodo determinado de tiempo de la lucha de clases. Si es que hubo análisis y análisis riguroso, como amerita y exige una derrota, sea esta de orden táctico o estratégico; es bueno preguntarse ¿qué elementos de la ofensiva contrarrevolucionaria integró el balance? Hay que preguntar ¿qué elementos del alza (periodo-UP) y posterior reflujo de las masas fue considerado en el análisis? ¿Qué elementos de la reorganización y de la etapa de resistencia (periodo-post-golpe) fue tomado en cuenta en la reflexión? ¿Cómo se asume y que características concretas tuvo el relevo (periodo de instauración del Modelo Económico) de los dirigentes y cuadros presos, desaparecidos y muertos, en el proceso de reconstrucción y rearme de la izquierda y los revolucionarios? ¿Quiénes y cómo asumen y se asumen las tareas de conducción del nuevo periodo? ¿Qué capacidades y qué herramientas se utilizaron para definir la dirección revolucionaria del enfrentamiento? Cómo respondemos al hecho de que, durante dos décadas, la crisis, lejos de resolverse se haya profundizado, y que producto de esta profundización se haya mantenido por ya tanto tiempo el reflujo de los sectores obreros y populares y que la derrota lejos de superarse se haya convertido en descomposición moral y desarme orgánico-político. No es en absoluto malo, poseer aunque sea una pequeña dosis de humildad, para reconocer, que nos ha faltado capacidad en muchos terrenos, capacidad y habilidad para estar a la altura del desafió revolucionario de acompañar a los sectores obreros y populares en este periodo de derrota y reflujo, contar con una visión certera, con una propuesta de trabajo clara, lúcida, poseer un empeño enérgico y estimulador de la voluntad social y política. Reconocer con honradez, que desde el punto vista teórico y práctico hemos estado a kilómetros de distancia de la contextura política y moral de nuestros héroes, aquellos camaradas caídos en la lucha y a los cuales decimos seguir en su ejemplo de coherencia revolucionaria. En periodos de costos políticos y sociales enormes para la clase, no se puede mirar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que hay en el propio, hacerlo es caer en una vergonzosa actitud oportunista que no nos ayuda a avanzar siquiera un paso. El reformismo pequeño burgués que se posesiono en la dirigencia de la izquierda, lo mismo que el radicalismo pequeño-burgués, establecieron sus opciones frente al capitalismo, hacen sus propias rutas, caminos zigzagueantes y decisiones de conciliación que traicionan y confunden los rumbos de los trabajadores y los sectores populares. Allá ellos, pero los revolucionarios no podemos transformarlos en los objetos de nuestra política, nuestros destinatarios siempre son y deben ser los explotados y oprimidos, estén estos influenciados por las corrientes ideológicas que sean, nuestra misión es convencerlos y ganarlos para las filas de la revolución social. Tenemos demasiado que hacer y en condiciones de tanta debilidad y frente a tanta adversidad, que no podemos ni debemos distraernos ni desgastarnos políticamente con los amigos del pantano. Hay que girar la cabeza dirigir la mirada hacia las masas y exhortarlas a levantarse, a ponerse de pie e iniciar el camino de la lucha. A pesar de la crisis del sistema, los cambios revolucionarios no están a la vuelta de la esquina. Muy por el contrario, con la enorme maquinaria publicitaria del capitalismo, nuestra tarea de reconstrucción, en las actuales condiciones de dispersión, se reduce enormemente y nos hace avanzar con gran dificultad. Hasta ahora, hemos desplegado liderazgos débiles y aislados de los escenarios más dinámicos de la lucha de clases. Por esta razón, urge que en la conciencia de la militancia revolucionaria se instale con absoluta lucidez la necesidad científica de la UNIDAD REVOLUCIONARIA precisamente con un sentido mayúsculo. Si no se logra comprender que la convergencia comporta una direccionalidad estratégica en la lucha contra el capital, todo esfuerzo político y social, por muy consecuente, honesto y dotado del espíritu de sacrificio que sea, resultará del todo inútil, frente al compacto y granítico cuadro de la dominación política e ideológica que nos presenta la gran burguesía y el imperialismo. Esta necesidad científica, clasista y revolucionaria; no la ven, no la requieren y no les importa en absoluto a los caudillos con sus chatos, grises y mezquinos afanes personales. La tarea es aislarlos de las filas revolucionarias, desenmascararlos y dejar en evidencia la naturaleza pequeño-burguesa de su conducta e impulsar con los cuadros y militantes honestos, el camino de la verdadera suma de fuerzas que sólo es posible con una cuota grande de esfuerzo, compromiso, disciplina y un temple moral capaz de hacer frente a todos las adversidades y desafíos de la lucha revolucionaria contra el capitalismo. Estamos en el convencimiento de que es la hora, de rescatar las herencias de fuego, los legados firmes y macizos de nuestros héroes y nuevamente levantar con decisión y orgullo las banderas de la libertad y el Socialismo. “Hay que decirlo con toda sinceridad, en una revolución verdadera a la que se le da todo, de la cual no se espera ninguna retribución material, la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa.”. (Che: El Socialismo y el Hombre en Cuba)

Sigue leyendo...

jueves, 17 de marzo de 2011

La "manzana prohibida" del comunismo

Néstor Kohan
Tomado de Rebelion.org

Las alternativas en el centro de la escena
Luego de 30 años de reinado económico neoliberal y hegemonía cultural del posmodernismo, en medio de una nueva crisis del capitalismo mundial (estructural y sistémica, en la cual confluyen múltiples crisis al mismo tiempo), retorna la discusión sobre las alternativas.

¿Cómo salir de la crisis y comenzar a transitar hacia otro tipo de sociedad radicalmente distinta? ¿Será con la bandera roja pero sumisamente guiados de la mano por John Maynard Keynes? ¿Quizás intentando volver, con no poca nostalgia y revival, hacia los capitalismos periféricos, “nacionales y populares”, de la posguerra? ¿Tal vez con la ilusión siempre incumplida de un capitalismo “con rostro humano” adornado con una imposible “tercera vía”? ¿O deberemos resignarnos a un “socialismo mercantil”, con gigantescos pulpos internacionales que explotan mano de obra barata y disciplinada, empresas completamente autárquicas y cooperativas autogestionadas compitiendo entre sí por la distribución de la renta?
Leer más[+/-]

    Sea cual fuera la salida, posible y deseable, lo que está claro es que actualmente esa búsqueda se ubica a la orden del día. Encontrar en forma imperiosa una alternativa ha dejado de ser un sueño “utópico” (simpático y encomiable, quejoso del neoliberalismo, pero políticamente inviable) para convertirse en una urgencia de supervivencia planetaria en el caso de que no nos abandonemos al reino de la barbarie ni a un futuro sombrío que se parece mucho más a las novelas antiutópicas más pesimistas (Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451 ) que a los finales felices y edulcorados de las películas románticas de Hollywood. Si los Foros Sociales Mundiales abrieron este milenio con la consigna “otro mundo es posible”, quedó irresuelta la interrogación: ¿cuál es o debería ser ese otro mundo posible? En medio del desconcierto y la confusión generalizada el presidente bolivariano Hugo Chávez intentó resolver el enigma de la esfinge: la salida es “el socialismo del siglo XXI”. Ahí nomás proliferaron nuevas polémicas. ¿Qué entendemos o deberíamos entender por ese enigmático “socialismo del siglo XXI”? Nadie lo sabe todavía. Está en discusión. Lo cierto es que el proyecto del socialismo, durante décadas insultado, caricaturizado y ridiculizado, ha vuelto a la agenda política. Ya no sólo en el terreno del debate ideológico sino también en el acuciante problema de la gestión práctica de las relaciones sociales, económicas y políticas de la nueva sociedad que se pretende crear y construir. Huérfanos y sin Vaticanos Lo interesante y peculiar de esta compleja situación en la que nos encontramos es que ya no hay Vaticanos que dicten catecismos sobre la materia. Fenómeno que resulta positivo en cuanto a libertad de proyectos en pugna pero al mismo tiempo sumamente complicado ya que no existe reaseguro alguno frente a la prepotencia político-militar imperial. La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) experimentó un terremoto político que implosionó su sistema económico y social. El Estado burocrático, dirigido por una casta represiva y una elite completamente alejada del mundo laboral, de las bases políticas y de la clase trabajadora, se desplomó sin pena ni gloria y sin necesidad de misiles nucleares, dando lugar a una salvaje apropiación privada de las grandes riquezas sociales acumuladas durante décadas por el trabajo cotidiano del pueblo soviético. Los apropiadores han formado y continúan formando parte de una nueva burguesía mafiosa, constituida por los antiguos burócratas partidarios devenidos, ahora, burgueses propietarios. Dirigentes que abandonaron la doble moral y el doble discurso (en público supuestos defensores de Lenin, en privado lúmpenes cínicos e impiadosos) para mostrarse rápidamente en público tal cual eran en privado, es decir, gente que vivía con desfachatez en forma lujosa a costillas de los trabajadores y que les importaba un bledo el socialismo y la banderita roja que decían defender. El caso emblemático de Boris Yeltsin, jefe del PC soviético y cabecilla de los burgueses apropiadores, no es obviamente el único. En el caso de China, país que anteriormente disputaba con la URSS por ver cual de los dos era más socialista, más antiimperialista y más radical… hoy en día se ha convertido en una sociedad con una fuerza de trabajo tremendamente explotada y mal pagada (como todo el mundo sabe ese pago irrisorio de la fuerza de trabajo china es el que permite subsidiar las exportaciones masivas al Occidente capitalista), sin posibilidad alguna de organizarse y reclamar por los derechos laborales elementales frente a las grandes firmas capitalistas que facturan millones con el sudor de la clase trabajadora china. El gigante del oriente es hoy una sociedad que no sólo exporta mercancías sino también capitales, recibiendo con los brazos abiertos a los grandes pulpos empresariales a los cuales les garantiza una explotación de los trabajadores tranquila y ordenada, sin sobresaltos, huelgas ni sabotajes. Las gigantescas asimetrías de clase y la polarización extrema en el orden social chino no son desmentidas ni por sus más fanáticos y obcecados defensores. Al dejar de existir la URSS —con todas las características anteriormente señaladas— y con la innegable conversión de China en potencia capitalista, los pueblos del Tercer Mundo nos hemos quedado sin el antiguo potencial respaldo militar de ambas potencias frente a la agresividad del imperialismo (como ha quedado empíricamente demostrado en las últimas aventuras militares de EEUU en Afganistán, Irak o el norte de África, así como las de Israel en Palestina y el Líbano). Nuestros pueblos sólo pueden contar con sus propias fuerzas, tanto en su lucha contra el imperialismo como en el intento de pensar alternativas futuras de gestión socialista. Ese es el contexto mundial en que nos movemos hoy. Con o sin apoyo militar de las antiguas potencias “socialistas”, el debate sobre las alternativas resurgirá una y otra vez para cualquier sociedad que pretenda iniciar o desplegar el camino de transición a un tipo de relaciones sociales más allá del capitalismo. Nadie que pretenda atravesar el muro del capital podrá eludirlo. Ese debate sobre las formas de propiedad (estatal o cooperativa, mixta y privada); las formas de gestión (mercantil o planificada); el uso del dinero (el papel de los bancos y el crédito, las cuentas, los gastos y los depósitos, en un sistema integral, planificado y presupuestario, o con absoluta autarquía financiera de las empresas); la ley del valor y el mercado (promovidos como ágiles reguladores sociales o combatidos como obstáculos para avanzar al socialismo), las distintas formas de incentivar el trabajo (con un proyecto político-ideológico radical y trabajo voluntario o mediante premios dinerarios individuales), etc., tuvo lugar en la Rusia bolchevique de los años ’20, volvió a aparecer en la Cuba revolucionaria de los años ’60 y hoy, en pleno siglo XXI, retorna en los debates de Venezuela, mientras en Cuba se vuelve a discutir nuevamente el modelo de gestión social. ¡Atención! ¡Llegaron las últimas «novedades»! Lo curioso, llamativo y, porque no, sorprendente es que en varios de esos debates se presentan propuestas, proyectos y líneas a seguir apologistas del mercado como si fueran absolutamente «novedosas» e inéditas, cuando en realidad han sido implementadas varias veces en la historia y con resultados prácticos que distan largamente de ser positivos. Recorramos algunos pocos razonamientos propagandísticos e hipótesis falaces que hoy circulan con pretensiones de radical «novedad» en la colorida feria de las alternativas: * (a) Si una o varias empresas se encontraran en poder del pueblo a través del estado (en una sociedad donde la clase trabajadora y los sectores populares organizados han aplastando a los aparatos de represión de la burguesía, la han derrocado mediante una revolución, han logrado tomar el poder y la han expropiado) eso implicaría necesariamente el reinado gris, triste y mediocre de la BUROCRACIA. Si en cambio, esas mismas empresas expropiadas fueran gestionadas mediante asociaciones cooperativas, iniciativas por cuenta propia, arrendamientos privados y otras “formas de gestión no estatales” (¡curioso eufemismo!) que compitieran en el mercado, eso conllevaría, siempre y en cualquier circunstancia, el relucir maravilloso y alegre de la DEMOCRACIA. * (b) Si dentro de este mismo contexto de una sociedad en transición, que intenta ir más allá del capitalismo, el estado centralizara su presupuesto y lo distribuyera de acuerdo a una planificación encaminada a combatir el MERCADO (en esta hipótesis no se trataría de un estado gestionado por y subordinado a las grandes firmas capitalistas, sino de una forma política de poder popular que surgiría de una revolución anticapitalista), eso conllevaría necesariamente dictadura, violencia, autoritarismo, paternalismo, corrupción, burocratismo y estancamiento. Si en cambio el estado (siempre manteniendo la hipótesis de que no se trata del estado burgués dirigido por las grandes empresas del capital) se limitara a repartir el dinero y sus recursos en una infinidad de núcleos productivos y de servicios antárticos, con plena y absoluta autonomía financiera y comercial, que compitieran en el mercado guiándose no por la satisfacción de necesidades sociales y populares, sino por la optimización de ganancias (que en caso de haberlas serían repartidas de forma privada y particular entre los agentes cooperativos y “no estatales”) y por la disminución de pérdidas (que en caso de producirse serían asumidas por el estado, es decir por el conjunto social), entonces…. ese modelo implicaría democracia participativa, horizontalismo, pluralismo, multiculturalismo, respeto por las subjetividades, pleno desarrollo de la sociedad civil, consenso, transparencia, honestidad, división de poderes, soberanía popular, eficacia y en última instancia progreso económico. * (c) Si los sectores populares no se sienten suficientemente involucrados en la gestión económica, ausentándose del empleo, desentendiéndose de las tareas de gestión colectivas, cayendo en el escepticismo, la indiferencia política o incluso la apatía, lo cual deriva en una disminución de la productividad laboral, pues entonces…. las dos mejores maneras de remediarlo consistirían en: (1) apelar al desempleo selectivo (así quien conserve el trabajo se esforzará mucho más por temor a ser despedido), creando de este modo un ejército laboral de reserva que serviría como acicate y palanca de incentivo para los que tienen empleo, y (2) crear un creciente, asimétrico y cada vez más pronunciado escalonamiento salarial que premie con mayor dinero y estímulos materiales individuales a quien más esfuerce. * (d) Por contraposición con esos dos remedios mercantiles, si el estado (dirigido políticamente por los trabajadores y los revolucionarios) se propusiera combatir la falta de productividad del trabajo, el ausentismo y la apatía con una ofensiva política, recuperando la credibilidad perdida, degradada o disminuida, combatiendo los fenómenos de la burocracia y la doble moral de los funcionarios, el “amiguismo” y las prebendas personales dentro de una elite, los privilegios, las asimetrías escandalosas tanto en el nivel salarial como en el consumo de la vida cotidiana, pues entonces… esas propuestas serían invariablemente caracterizadas como “bienintencionadas, pero… utópicas, románticas, poco realistas, voluntaristas, subjetivistas, moralistas, y en última instancia IGUALITARISTAS” (¡como si el igualitarismo fuera algo muy malo para el socialismo!). Estos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), asentados en el razonamiento falaz que tramposamente homologa [mercado = democracia y eficacia] y [planificación socialista = burocracia y estancamiento], hoy se esgrimen como la gran “novedad” teórica. El “último grito” de las ciencias sociales. Un descubrimiento “reciente” que vendría a subsanar todos los males y todas las deficiencias del socialismo, el comunismo y la revolución. La salvación mercantil que vendría a redimir los pecados igualitaristas, en el caso de quienes hace varias décadas se esfuerzan por superar el capitalismo; y a expurgar cualquier tentación radical, para quienes intentan en el último tiempo comenzar la transición al socialismo. ¿Será así? Sospechamos que no. Una lúcida advertencia Hace muchos años, Rodolfo Puiggrós, un viejo profesor argentino (historiador, de joven militante comunista, de viejo guerrillero montonero), alertó que como los revolucionarios argentinos, en sus múltiples tendencias, no hemos podido hacer nuestra propia revolución y no llegamos a tomar el poder, entonces vamos por el mundo “inspeccionando revoluciones ajenas”. Esa lúcida advertencia siempre nos pareció iluminadora y la hemos adoptado hace largo tiempo como guía contra la soberbia, la petulancia y el engreimiento de quienes se sienten propietarios de “la verdad absoluta”. No obstante, aun dando cuenta del señalamiento de Puiggrós, creemos que tenemos el derecho de opinar respetuosamente sobre procesos sociales y debates políticos que hoy se desarrollan en la Patria Grande latinoamericana, aunque no se den en nuestro pequeño país. Por eso nos genera cierta preocupación el modo como se plantean estos debates sobre la gestión de las sociedades que pretenden organizar un “orden nuevo” (al decir de Gramsci), no capitalista sino socialista. ¿Son tan “originales”, “novedosas” y “superadoras” estas propuestas de socialismo mercantil (bautizado mediante un eufemismo elegante y perfumado, como “autogestionario”) que nos prometen mayor democracia de la mano de la autarquía financiera de las empresas y el engorde creciente de la “economía no estatal”? ¿Servirá descentralizar los recursos presupuestarios y privatizar en nombre de los arrendatarios, las cooperativas y otros “actores no estatales” para poder superar la burocracia y los privilegios, la corrupción y el “amiguismo”? ¿Se generará participación política, aumentará la eficiencia social y habrá mayor empeño laboral expulsando fuerza de trabajo para que sea empleada como mano de obra barata y precaria por grandes inversionistas capitalistas? ¿Habrá mayor conciencia socialista en quienes sólo se involucran, de modo “cooperativo”, si hay dinero y ganancia privada de por medio? Perdón, disculpas, pero tenemos nuestras serias dudas al respecto. Expresamos nuestra opinión con todo respeto. Creemos que esas recetas —que algunos promueven y presentan como poción mágica y redentora— no profundizarán el socialismo martiano ni permitirán avanzar hacia un proyecto bolivariano anticapitalista. Experiencias repetidamente fracasadas y un debate histórico «olvidado» Aquellos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), y muchas otras recetas similares que actualmente los acompañan, no son proyectos nuevos, elaborados al calor de facebook, del twitter, las nuevas tecnologías, la “sociedad de la información”, “la sociedad en red”, las nuevas formas de sociabilidad y otras profecías semejantes. Tienen una larga historia, repleta de fracasos concretos, despistes prácticos, equívocos teóricos y enormes sinsabores políticos para la familia revolucionaria. En la década del ’20 (¡hace casi un siglo, cuando no existía ni la televisión!), dentro de la revolución rusa, hubo corrientes que creyeron que el mercado “socialista” iba a solucionar mágica y repentinamente todos los males, todas las penurias, la escasez, la falta de acumulación, la desproporción entre producción y consumo y las deficiencias revolucionarias (1). Haciendo de necesidad, virtud; convirtieron a la NEP de Lenin [«Nueva Política Económica», conjunto de medidas provisorias implementadas por los bolcheviques como concesión táctica al mercado, luego de la agotadora guerra civil de 1918-1921] en un supuesto proyecto mercantil estratégico y de largo aliento. Más tarde, estos mismos partidarios del socialismo mercantil desarrollaron durante décadas varias ofensivas hasta terminar por minar desde dentro a la Unión Soviética. Todo en nombre de la “participación democrática”, la “eficiencia económica” y la “autogestión financiera” de las empresas (2). En lugar de combatir la desproporción económica entre producción y consumo y la ineficiencia de la administración burocrática terminaron convirtiendo a la burocracia en una burguesía mafiosa que se apropió de todos los recursos sociales y naturales de aquella sociedad que había derrotado a los nazis. Por supuesto, como no podía ser de otro modo, conjurando el fantasma endemoniado del… “igualitarismo” (3). Pero el debate soviético, hoy extrañamente «olvidado» (pues sus resultados en torno al socialismo mercantil están ya fuera de discusión), no fue una excepción. En los años ’60 en Cuba, el gran debate enfrentó a los partidarios del cálculo económico, la autogestión financiera y la “vía cooperativa” mercantil —promovidos, entre muchos otros exponentes, por Carlos Rafael Rodríguez— con el ministro de industrias Ernesto Che Guevara quien defendió el proyecto del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) y la planificación socialista. Los compañeros cubanos dieron un ejemplo al mundo con ese debate de 1963-1964 donde, a pesar de que había un feroz bloqueo imperialista y una permanente agresión internacional, todas las tendencias discutieron libremente y nadie fue censurado, herido, prisionero, muerto ni exiliado (como trágicamente había sucedido en la URSS, donde la mayor parte de los polemistas terminaron fusilados). En Cuba, las posiciones fueron públicas y nadie se ofendió ni fue tildado de “desleal”, sospechado de “agente de la CIA” o despreciado por “contrarrevolucionario”. Un gesto de madurez digno de imitarse hoy en día… (4). Quienes se oponían al Che optaban por descentralizar los recursos financieros, apelando al desarrollo del mercado como gran regulador social, a los incentivos materiales y dinerarios, a la autogestión y autarquía financiera de cada empresa y a la competencia entre ellas como palanca fundamental de desarrollo económico (competencia denominada, de manera elegante, “emulación”). Siempre apelando al “uso inteligente de la ley del valor”, según una fórmula repetida en aquella época, muy común en los manuales soviéticos de economía política (5). Pero aquellas primeras propuestas del socialismo mercantil que se sucedieron en la antigua Unión Soviética y las polémicas económicas contra el proyecto comunista del Che Guevara y en defensa del socialismo mercantil que tuvieron lugar en la Cuba de los años ’60 tampoco fueron los únicos. A su vez, como alternativa al mundo político y cultural soviético, los yugoslavos también promovieron en su época la autogestión descentralizada de las empresas a través de la competencia mercantil. Ese modelo «cooperativista» —hoy admirado e incluso recomendado al presidente Hugo Chávez como panacea digna de imitar por algunos compañeros (seguramente con las mejores intenciones)— iba a superar mágicamente todos los males del socialismo burocrático soviético. Todo el mundo conoce el trágico final del experimento de Yugoslavia… todavía más catastrófico, si acaso puede serlo, que el de la difunda URSS. La propuesta de la «autogestión» que se intentó implementar de Yugoslavia partía de un reclamo sano, justo, racional. La necesidad inocultable de democratizar las relaciones sociales, no sólo bajo la dictadura del mercado capitalista sino también bajo un tipo de sociedad postcapitalista en transición al socialismo. Esa necesidad de democratización, esa sed antiburocrática, no es una tontería ni un disparate. Se proponía democratizar a fondo las relaciones sociales y esa finalidad debe ser reivindicada. Uno de sus promotores teóricos así lo reconoce: “La autogestión cumplirá sus promesas democráticas no sojuzgando al hombre en su comportamiento frente al trabajo, sino modificando su posición económica y social fundada en el trabajo, es decir, transformando las relaciones implícitas en el sistema de producción” (6). Esas promesas y esos antiguos anhelos democráticos de la humanidad (muy anteriores al capitalismo), que deberían constituir una parte fundamental del proyecto socialista y comunista de liberación humana, están sometidos a un doble tironeo. Por un lado, en cuanto están asociados a la participación comunitaria en la gestión social, se potencian, se refuerzan, se revitalizan. Es precisamente en ese orden comunitario donde se puede llegar a experimentar la verdadera democracia (7). No obstante, en la medida en que ese modelo de autogestión financiera de las empresas termina dando como supuesto inmodificable la existencia de relaciones mercantiles, automáticamente los anhelos democráticos y comunitarios se desdibujan, se evaporan y aparece en primer término la lógica dictatorial, férrea y despótica del mercado. Una lógica irracional, anónima, fetichista, que se impone como ciega necesidad (aunque el mercado tenga la bandera roja) contra todos los anhelos democráticos y participativos de la comunidad y los trabajadores (8). La autogestión financiera de las empresas y el imperio de la ley del valor (del mercado) que la fundamenta, constituyen los peores remedios para lograr ese objetivo justo y racional (democratización y superación de la burocracia) que se persigue. A pesar de esa encomiable “promesa democrática” el modelo yugoslavo —y muchos otros similares que lo toman como inspiración, lo admitan abiertamente o no— termina depositando en el interés material directo e inmediato y en la obtención de mayores cuotas de dinero el eje de la “autogestión”. Así lo admite otro de sus principales teóricos: “Su derecho de repartición de utilidades es considerado no solamente como consecuencia lógica de la gestión, sino como el factor esencial de la eficacia de la autogestión. Este es el elemento motor del sistema. Mientras mejores sean los resultados de la empresa, más grande será la cuota que tendrán que repartir” (9). Si el interés material directo, el aumento de la remuneración individual en dinero y la búsqueda frenética de ganancia empresarial constituyen el eje central de este modelo, según lo reconocen sus mismos teóricos, ¿qué tipo de conciencia socialista y comunista se puede construir en el seno del pueblo de ese modo? La respuesta, ya analizada críticamente en su época por el Che Guevara, es más que obvia. Los resultados históricos están hoy a la vista para quien no tenga anteojeras. Ninguno de esos trabajadores yugoslavos, “autogestionarios” y “cooperativos”, que habían luchado heroicamente en las guerrillas comunistas contra la dominación nazi, movió un solo dedo para defender el socialismo cuando implosionó y se derrumbó, partiendo a su país en mil pedazos. Exactamente lo mismo pasó en la Unión Soviética. ¿Una casualidad? No, una lógica consecuencia de un modelo de gestión y ordenamiento social que aparentemente es muy “simpático” pero en el cual la clave de todo pasa por la búsqueda del dinero individual, la competencia, el mercado y la ganancia personal, en lugar de predominar los valores del trabajo colectivo y voluntario, la satisfacción personal que se deriva de haber cumplido el deber social trabajando no sólo para el bolsillo propio sino para toda la sociedad, la consolidación de una conciencia colectiva, comunitaria y comunista, y la creación de una sociedad justa para todos y todas, más allá del interés mezquino inmediato. Los mismos teóricos de la “autogestión” lo reconocieron públicamente. El centro de ese modelo (que hoy se pretende reeditar en América Latina) está constituido por “la lógica inexorable de las necesidades de una economía de mercado” (10). Si las (encomiables) promesas democráticas estaban por detrás del modelo autogestionario, en ese mismo orden de aspiraciones también se encontraba la (justa) lucha contra la burocracia. Sin embargo, convendría no ser más papistas que el papa. Hasta los mismos partidarios de la autogestión yugoslava reconocen que en sí misma dicha forma de gestionar las empresas no garantiza automáticamente la eliminación de la burocracia. Incluso puede llegar a reproducirla en otra escala y en otros planos: “el anquilosamiento de las condiciones de la autogestión en determinados mecanismos —esto es, su congelación en órganos— que opera en nuestros países como tendencia vigorosa, puede crear un nuevo terreno para la reproducción de condiciones burocráticas” (11). Analizando críticamente aquellas experiencias que apelan al interés material directo para elevar la productividad, el Che Guevara le escribió a Fidel Castro: “El interés material individual era el arma capitalista por excelencia y hoy se pretende elevar a la categoría de palanca de desarrollo, pero está limitado por la existencia de una sociedad donde no se admite la explotación. En esas condiciones, el hombre no desarrolla todas sus fabulosas posibilidades productivas, ni se desarrolla él mismo como constructor consciente de la sociedad nueva. Y para ser consecuentes con el interés material, éste se establece en la esfera improductiva y en la de los servicios … Esa es la justificación, tal vez, del interés material a los dirigentes, principio de la corrupción, pero de todas maneras, es consecuente con toda la línea del desarrollo adoptada en donde el estímulo individual viene siendo la palanca motora porque es allí, en el individuo, donde, con el interés material directo, se trata de aumentar la producción o la efectividad ” (12). Adelantándose a los partidarios del socialismo mercantil que promueven un Estado flaco, sólo reducido a la defensa, la educación y la salud, pero que deja en manos de “los sectores económico no estatales” el resto de la economía, el Che continúa diciéndole a Fidel Castro: “¿Qué sucede ahora? Se rebelan contra el sistema pero nadie ha buscado donde está la raíz del mal; se le atribuye a esa pesada lacra burocrática, a la centralización excesiva de los aparatos, se lucha contra la centralización de esos aparatos y las empresas obtienen una serie de triunfos y una independencia cada vez mayor en la lucha por un mercado libre. ¿Quiénes luchan por esto? Dejando de lado a los ideólogos, y los técnicos que, desde un punto de vista científico analizan el problema, las propias unidades de producción, las más efectivas claman por su independencia. Esto se parece extraordinariamente a la lucha que llevan los capitalistas contra los estados burgueses que controlan determinadas actividades. Los capitalistas están de acuerdo en que algo debe tener el Estado, ese algo es el servicio donde se pierde o que sirve para todo el país, pero el resto debe estar en manos privadas. El espíritu es el mismo; el Estado, objetivamente, empieza a convertirse en un estado tutelar de relaciones entre capitalistas. Por supuesto, para medir la eficiencia se está utilizando cada vez más la ley del valor, y la ley del valor es la ley fundamental del capitalismo; ella es la que acompaña, la que está íntimamente ligada a la mercancía, célula económica del capitalismo” (13). Esa propuesta, crítica de la planificación socialista, no quedó históricamente reducida a Yugoslavia. Luego se adoptaron esos criterios en Polonia, Checoslovaquia y Alemania oriental (la antigua República Democrática Alemana, RDA). La experiencia se generalizó. ¿Los resultados…? A la vista. Los compañeros y amigos de América Latina que proponen para el siglo XXI la receta del socialismo mercantil (rara vez se lo menciona de este modo, pues así resulta poco seductor y atractivo, pero de eso se trata) tienen todo el derecho del mundo a defenderla, promoverla y promocionarla. Pero al menos les solicitamos fraternalmente, con todo respeto, que hagan un mínimo balance crítico de las numerosas experiencias históricas de ese modelo que terminaron invariablemente en fracasos rotundos y contundentes. El SPF: Una alternativa comunista no sólo «económica» Promover la profundización del “mercado socialista” y de las actividades económicas “no estatales” no es una cuestión de “eficiencia económica”, de “medidas técnicas”, de “resoluciones concretas”. Es, ni más ni menos, una apuesta deliberada por un proyecto político. Habría que explicitarlo ¿no es cierto? Si ese proyecto económico y político, pero también cultural, no nos satisface, no nos convence, no lo visualizamos como solución (ni para la coyuntura ni para el largo plazo), queda flotando en el aire una pregunta pendiente: ¿entonces no hay alternativa? Creemos que sí hay alternativa. Y no un “modelo” a importar desde algún lugar lejano y remoto, lleno de nieve y ajeno a nuestras tradiciones bolivarianas, sanmartinianas, martianas, sino una propuesta elaborada desde Nuestra América y el Tercer Mundo, a partir de un pensamiento social, económico y político de liberación nacional y social, insurgente y comunista. Nos referimos al Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF), elaborado por el Che Guevara cuando trabajaba como ministro de industrias (por lo tanto confeccionado no en una cómoda biblioteca sin vínculos con el mundo terrenal y concreto de la gestión práctica, sino al frente de una institución económica). Ese proyecto para encarar la gestión en transición al socialismo es, lamentablemente, escasamente conocido y menos aún estudiado. Si le solicitamos a nuestros compañeros y amigos partidarios del socialismo mercantil que expliciten su propuesta política, ¿no deberíamos hacer lo mismo? Creemos que sí. Pues bien, nuestro proyecto político, lo reconocemos explícita y abiertamente, es (o al menos pretende ser) un proyecto comunista. La propuesta del Sistema Presupuestario de Financiamiento no es estrictamente ni únicamente “económica” pues lo que está en juego, además de la gestión de los recursos sociales, es la conciencia individual y colectiva de nuestros pueblos, hoy terreno privilegiado de disputa hegemónica en tiempos de la guerra asimétrica y la aldea global. Y no sólo la conciencia popular está en juego. También el porvenir político de los procesos sociales revolucionarios que intentan, con variada suerte, impulsar una transición al socialismo en el Tercer Mundo. Nuestra propuesta trata de apuntar hacia ambos terrenos de disputa al mismo tiempo, sin separar uno del otro. El Sistema Presupuestario de Financiamiento, comunismo latinoamericano para el siglo XXI El Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) constituye una propuesta integral, económica pero también política, para encarar la transición al socialismo. Descentra la cuestión aparentemente “técnica” de la gestión empresarial —supuestamente asunto de “especialistas”— para ubicarla, como problema a resolver por todo el pueblo, en una disputa política de largo alcance. E s parte de una concepción general del desarrollo de la construcción del socialismo y debe ser estudiado entonces en su conjunto. El SPF constituye un sendero viable, posible y perfectamente realizable para comenzar a construir la sociedad comunista del mañana a partir de la suciedad, terrenal y mundana, que el capitalismo le deja como pesada herencia a cualquier revolución que se precie de tal. El pensamiento del Che no opera con almas bellas, ángeles puros ni vírgenes imaginarias. Sabe perfectamente en donde está pisando y desde qué grado de putrefacción social —individualismo, egoísmo, competencia, consumismo desenfrenado, etc.— hay que comenzar a crear el hombre nuevo y la mujer nueva. Esa concepción general abarca una singular interpretación de la concepción materialista de la historia aplicada a la transición socialista, pasando por un modelo teórico que enseña el funcionamiento y desarrollo de la economía en los países que pretenden construir relaciones sociales distintas del capitalismo hasta llegar a una serie de realizaciones prácticas, coherentes entre sí, de política económica alternativa. Lo que hoy está en discusión y en la agenda de debate. Los niveles de la reflexión que nos deja el Che acerca de esa concepción general giran en torno a dos problemas fundamentales. En primer lugar: ¿es posible y legítima la existencia de una economía política de la transición? En segundo lugar: ¿qué política económica se necesita para la transición socialista? Las respuestas para estos dos interrogantes que se formula el Che permanecen abiertas, aún hoy en día, medio siglo después. Intentando dar respuestas a esas inquietantes preguntas, el Che elaboró un pensamiento sistemático de alcance universal (no reducido a la situación cubana, como sugerían algunos soviéticos como el ya mencionado especialista económico Abel Aganbegyan, argumentando la trivialidad de que “Cuba es un país pequeño, mientras la URSS es una país grande”, como si eso demostrara algo en el terreno científico de la economía política), estructurado en diversos niveles. Si desagregamos metodológicamente su reflexión teórica, el Che nos dejó: (a) una reflexión de largo aliento sobre la concepción materialista de la historia, pensada desde un horizonte crítico del determinismo y de todo evolucionismo mecánico entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción; (b) un análisis crítico de la economía política (tanto de los modelos capitalistas desarrollistas sobre la modernización que por entonces pululaban de la mano de la Alianza para el Progreso y la CEPAL como de aquellos otros consagrados como oficiales en el “socialismo real”, adoptados institucionalmente en la URSS); (c) un pormenorizado sistema teórico de política económica, de gestión, planificación y control para la transición socialista: el Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF). Este último es el que aquí nos interesa para el debate actual. En la reflexión del Che Guevara, tanto (a), como (b) y (c) están estructurados sobre un subsuelo común. Los tres niveles de análisis (que en él fueron al mismo tiempo práctica cotidiana, no sólo discurso teórico) se enmarcan sobre un horizonte que los engloba y a partir del cual adquieren plenitud de sentido. Ese gran horizonte presupuesto es el proyecto político comunista: para continuar con la enumeración previa, podríamos bautizarlo aleatoriamente como nivel (d). Es entonces (d), el proyecto político comunista, antiimperialista y anticapitalista, de alcance continental y mundial y no reducido a la revolución cubana, el que nos permite inteligir la racionalidad de (a), (b) y (c). Para el Che Guevara, sin proyecto político no tiene sentido entablar discusiones bizantinas y meramente académicas sobre la concepción materialista de la historia. Sin proyecto político, no vale la pena esforzarse por cuestionar los modelos económicos falsamente “científicos” que obstaculizan el desarrollo del pensamiento crítico acerca de las relaciones sociales. Sin proyecto político, carece igualmente de sentido cualquier debate en torno a las diversas vías posibles de política económica durante el período de transición al socialismo en cualquier revolución del Tercer Mundo periférico, subdesarrollado y dependiente que pretenda dejar atrás al capitalismo. Uno de los puntos más controvertidos del SPF reside en la siguiente interrogación: ¿Quién decide lo que se planifica? ¿Cómo garantizar la democratización real y profunda de las relaciones sociales? El propio Che Guevara estaba consciente de ese problema, por eso plantea que: “ se nos critica el que los trabajadores no participan en la confección de los planes, en la administración de las unidades estatales, etc., lo que es cierto ” (14). Esa incógnita le quitaba el sueño. ¿Cómo garantizar la lucha contra los mecanismos fetichistas del trabajo abstracto, contra la mediación del equivalente general como gran articulador de los sujetos sociales y contra el predominio del mercado a través de una planificación socialista sin descuidar al mismo tiempo las «promesas democráticas» del comunismo? Guevara no despreciaba ni subestimaba ese problema como se lo hace saber explícitamente a Fidel en esa carta de 1965. Apostaba todas sus fichas a la movilización política, a la educación ideológica comunista del hombre y la mujer nueva y a la batalla hegemónica para lograr la plena participación popular dentro de los mecanismos de la planificación socialista. Casi medio siglo después de su propuesta original, nuevas instituciones han surgido en las sociedades en transición que bien podrían tratar de resolver esos enigmas que ya visualizó el propio Guevara y que, evidentemente, el socialismo mercantil no ha resuelto ni podrá resolver. Una de esas instituciones son (en el caso de Venezuela) los consejos comunales. Si se lograra implementar una planificación centralizada y socialista para todo el país, ¿tendrían que desaparecer los consejos comunales? ¡En absoluto! ¿Cuáles deberían ser entonces sus tareas? El gran desafío para poder implementar hoy, en el siglo XXI, el proyecto comunista del Sistema Presupuestario de Financiamiento garantizando al mismo tiempo la participación popular consistiría en la necesidad de articular los consejos comunales y los consejos de trabajadores de empresas (combatiendo a la burocracia y a las viejas mafias sindicales que allí operan) dentro de una estrategia conjunta de planificación. La solución consistiría en la coexistencia del Sistema Presupuestario de Financiamiento y los consejos comunales otorgando predominio a la planificación centralizada de los recursos financieros. Los consejos deberían elevar su puntería, dejar de pedir únicamente dinero para financiar proyectos particulares y privados (quizás disfrazados de “cooperativos”) para apuntar hacia una estrategia política global, general, más allá del plano corporativo, en coordinación con la planificación centralizada y presupuestaria de todos los recursos del país. El gran supuesto de esa coexistencia y complementariedad entre planificación y consejos estaría dado por una durísima y continuada batalla sistemática en el terreno de la hegemonía socialista y la ideología revolucionaria. No se ganarán afectos y sensibilidades populares repartiendo dinero y comprando conciencias (como se compran objetos de consumo, un televisor de plasma, un teléfono celular de última generación o el coche y el carro más caro). ¡No! A largo plazo esa pelea está perdida. No se puede competir con el capitalismo en su propio terreno, donde es más fuerte. En la guerra asimétrica hay que combatir donde nosotros somos más fuertes. La conciencia popular y la complementariedad entre consumo y producción, entre gestión y administración, entre participación popular comunal y planificación macroeconómica centralizada (coordinada a su vez con otros países aliados del ALBA) sólo se logrará ganando a la militancia popular para un proyecto global, donde la vida cotidiana de cada barrio, de cada empresa, de cada comuna adquieran sentido dentro de un proyecto político colectivo de nueva y mejor sociedad que nos englobe a todos y todas: el socialismo. Allí reside la necesidad de incorporar los consejos comunales a la gestión planificada de las principales empresas de la economía nacional y resolver el enigma que quitaba el sueño al Che Guevara. Urgencias impostergables para hoy y mañana ¿Cuál es entonces la utilidad actual del pensamiento comunista del Che? En primera instancia, sus reflexiones resultan provechosas para ubicarnos en nuestro angustioso presente, comenzando la segunda década del siglo XXI, precisamente por los llamados de atención que él formuló. Alertando a aquellos compañeros y amigos que quizás se les ocurre apostar al mercado como una opción estratégica, no como un recurso táctico, el Che explica extensamente el modo en que éste genera necesariamente irracionalidad y desperdicio del trabajo social global, además de ineficacia, corrupción y burocracia. Por si ello no alcanzara, insiste una y otra vez en las consecuencias negativas que el mercado provoca en la conciencia política, a nivel individual y colectivo, de cualquier sociedad en transición. Para contrarrestar su influencia, el pensamiento comunista del Che nos permite defender las razones de una planificación democrática (no ejercida únicamente por tecnócratas especialistas, aislados de las masas, sino a través de una creciente participación popular), a partir de la cual la política revolucionaria pueda incidir en el “natural” decurso económico a través de la batalla de las ideas, la cultura y la lucha por recrear cotidianamente la hegemonía socialista en todo el ordenamiento social. En segunda instancia, estrechamente vinculado a lo anterior, el pensamiento comunista del Che nos recuerda que en determinados momentos de la historia la relación de fuerzas no nos es favorable. En esos casos no nos queda más remedio que retroceder, momentáneamente, para tomar fuerzas y volver a empujar. Esos retrocesos no son estratégicos sino tácticos, no constituyen un camino a largo plazo sino un conjunto de medidas que se toman para responder a una coyuntura determinada, teniendo en el centro del análisis la relación de fuerzas. Jamás hay economía sin relación de fuerzas o al margen de la relación de fuerzas. Creer que el desarrollo del mercado constituye una “necesidad objetiva” de todo proceso de transformación social constituye un mito peligroso, infundado y regresivo. Nada más lejos del pensamiento del Che que esa creencia supersticiosa en “las leyes de hierro” de una economía supuestamente independiente con la que tanto insistían los académicos de la URSS, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia y otros países del Este europeo (¡por no mencionar la China actual!) cuando explicaban la historia de la Nueva Política Económica (NEP). Aquel conjunto de medidas económicas tácticas que implementó Lenin a inicios de los ’20, después de la guerra civil, y que las vertientes más dogmáticas del marxismo transformaron en supuestas “normas universales” válidas para todo tiempo y lugar. Confundiendo la táctica con la estrategia, la coyuntura con el proyecto, las medidas de emergencia con supuestas “leyes de hierro” transhistóricas y metafísicas, se transformó a Lenin en un vulgar apologista del mercado. En su inteligente defensa de Lenin —del revolucionario vivo, no de la momia de museo— Ernesto Guevara se animó a poner en discusión esas pretendidas “leyes de hierro”. Más tarde, a la hora de redactar sus observaciones críticas al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, pone en práctica la misma operación y vuelve a cuestionar esas mismas “leyes inviolables”. Cuando el Che inscribe las relaciones sociales, en general, y las económicas, en particular, dentro de relaciones de fuerza está pensando fundamentalmente en la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. En nuestra modesta apreciación, es más que probable que esto también valga para la sociedad cubana de hoy en día. Desde nuestro punto de vista y ángulo de interpretación, el Che demostró que no existe una economía política de la transición al margen de la relación de fuerzas sociales y políticas. Creer lo contrario implica empantanarse, una vez más, en el fetichismo y desbarrancarse por los equívocos del socialismo mercantil como alegremente le pasó a los yugoslavos, a Abel Aganbegyan y Gorbachov y a tantos otros. Si hoy en día la URSS ya no existe y China vibra en otra dimensión, ajena por completo a la lucha antiimperialista y anticapitalista del Tercer Mundo, ¿entonces es inviable el proyecto comunista en América Latina y el Tercer Mundo? Una primera visión, sencilla y simple, sacaría esta conclusión errónea. Como no hay relaciones de fuerza absolutamente favorables, no queda más remedio que tragar la medicina amarga del mercado. Dado que ninguna sociedad sola y aislada podría desarrollar el socialismo en un solo país de espaldas al mundo, se dificultaría muchísimo implementar en la práctica el SPF en condiciones de aislamiento. Además ya no existe el CAME ( Consejo de Ayuda Mutua Económica, alianza económica implementada por la Unión Soviética y países aliados). Sin embargo, hoy existe el ALBA ( Alianza Bolivariana para las Américas ). Cuba no está sola y aislada como en otras décadas. Venezuela tampoco. Las perspectivas de crecimiento del ALBA son promisorias, los intercambios también. Incluso recientemente se han firmado acuerdos para operar en común dentro del ALBA nada menos que en el tema petróleo (¿Qué no hubiera hecho la Revolución Cubana si durante los años ’60 en lugar del azúcar hubiera tenido como principal producto el petróleo?). Si en ambos países junto con otros que podrían irse políticamente acercando (desde Bolivia, Ecuador y Nicaragua hasta Colombia en caso de triunfar la insurgencia comunista de las FARC-EP) se comenzara a implementar la planificación socialista conjunta, coordinada y articulada a través del Sistema Presupuestario de Financiamiento, muy distinto sería el futuro de Nuestra América. No sólo en el terreno social y político sino también económico. La planificación socialista del Sistema Presupuestario de Financiamiento es superior al socialismo mercantil, al cálculo económico y a la autogestión financiera de las empresas porque no sólo permitiría resolver los problemas inmediatos de ineficiencia, productividad, dependencia y monoproducción en el corto plazo, dejando atrás la torpe regulación puramente mercantil de las empresas (criterio con el cual hay que venderle simplemente al que paga más y no al aliado político), sino que además nos permitía avanzar estratégicamente en conjunto contra el imperialismo y hacia el socialismo de aquí hacia las próximas décadas con una perspectiva continental. ¿No era ese el proyecto de Simón Bolívar y José Martí? Balance provisorio del proyecto comunista del SPF ¿Cómo evaluar al Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) propugnado por el Che? La evaluación no puede reducirse a una cuestión únicamente cuantitativa referida a la acumulación de bienes de consumo producidos por las empresas sino que necesariamente debe incorporar otra dimensión. La evaluación (y cualquier comparación posible con los modelos de “socialismo mercantil”) no puede dejar de preguntarse qué tipo de subjetividad y qué grado de conciencia popular se están generando con semejantes métodos de gestión y planificación económica. ¿Cuál de los dos sistemas nos garantiza mejor una eficaz estrategia política a largo plazo? Los compañeros y amigos partidarios del socialismo mercantil argumentan que “la planificación socialista fracasó en Cuba y en la URSS”. ¿Es realmente así? Convendría no confundir la planificación burocrática y sus viejos métodos de “ordeno y mando”, despilfarro, corrupción, doble discurso, cuentas del plan infladas… con la propuesta y el proyecto comunista del Che Guevara. En Cuba nunca llegó a implementarse en su totalidad el proyecto del Che. Cuando Guevara estaba al frente del Ministerio de Industrias, su SPF debió convivir forzosamente con el sistema de Cálculo Económico implementado por el Ministerio de Agricultura (el INRA, Instituto Nacional de la Reforma Agraria), dirigido por entonces por Carlos Rafael Rodríguez con una perspectiva teórica y política completamente afín a los soviéticos. Ambos sistemas coexistieron y nunca se implementó a fondo y en toda la sociedad el SPF. Luego, en 1965, cuando el Che marchó a realizar tareas insurgentes internacionalistas, se aplicó en Cuba el Sistema de Registro de Control Material, donde desaparecieron las categorías financieras, la contabilidad de costos y sólo se llevaba el registro de los movimientos materiales, lo cual derivó en un despilfarro importante. Diez años después, en 1975, acorde al ingreso reciente de Cuba en el CAME, se aplicó en toda la isla el Cálculo Económico, copia mecánica del sistema soviético y de otros países del este europeo. Finalmente, en 1986, comienza el proceso de “Rectificación de errores y tendencias negativas” impulsado por Fidel Castro que se ve truncado por la caída de la U RSS, el desplome del comercio internacional de Cuba y el surgimiento en la isla del denominado “periodo especial”. Por lo tanto, en todos esos años, nunca logró implementarse a fondo y para el conjunto de la sociedad cubana, el método de gestión propugnado por el Che Guevara. Grave equivocación —cuando no se trata de una vulgar manipulación que no puede corroborarse empíricamente— la de aquellos que afirman que “el sistema del Che Guevara fracasó en Cuba”. Ese sistema todavía está por comprobarse en los hechos y en la práctica. Lo que sí fracasó y rotundamente es el socialismo mercantil que sí se aplicó en el conjunto de esa sociedad y en muchas otras (Yugoslavia, Polonia, etc.) dando siempre el mismo resultado negativo. Cuba, Venezuela y Nuestra América hoy ¿Por qué en los debates actuales de Cuba y Venezuela no se estudia, no se discute y no se debate a fondo la propuesta comunista del Che para la gestión de las empresas, la economía, los montos laborales, el desafío de la participación popular y otras preocupaciones que actualmente están a la orden del día? (15). (No nos referimos a la existencia de papers académicos sino al debate político de fondo). ¿No podría PDVSA convertirse en la columna vertebral de un proyecto integral de planificación socialista, no sólo venezolana sino coordinado y planificado con Cuba y otros países que comiencen su transición al socialismo? No es una utopía irrealizable. Ya se han dado los primeros pasos, ha comenzado una primera articulación con Cuba y Angola (16). Ya no alcanza homenajear al Che del póster. Hay que estudiarlo para los debates y desafíos actuales. En Cuba, en Venezuela y en cualquier sociedad que pretenda dejar atrás el mundo monstruoso y perverso del mercado capitalista, repleto de explotación, exclusión, dominación, alienación, fetichismo, irracionalidad, dependencia y destrucción de la naturaleza. La salida para los desafíos actuales está en Simón Bolívar y en José Martí, es decir en el comunismo latinoamericano del Che Guevara, no en modelos mercantiles pergeñados lejos de América Latina y que ya fracasaron más de una vez en la historia. ¿Nos animaremos a ir contra la corriente? ¿Echaremos a los mercaderes del Templo? ¿Nos animaremos a morder la fruta prohibida del comunismo? NOTAS (1) Véase Bujarin, Preobrazhenski, Kamenev, Trotsky, Lapidus y Ostrovitianov: El debate soviético sobre la ley del valor [Antología que reúne las posiciones originales de los años ‘20]. Madrid, Comunicación [serie B], 1974. En ese debate soviético de la década de 1920 le correspondió a Nikolai Bujarin defender la economía privada, cooperativa y autogestionaria, así como también la necesidad de alimentar la economía mercantil y la vigencia de la ley del valor en coexistencia con la planificación socialista. Véase Nikolai Bujarin “Las categorías económicas del capitalismo durante el período de transición”. Obra citada. pp. 75-92. Sus posiciones a favor del socialismo mercantil (críticas de Eugenio [ Yevgeni Alekseyevich ] Preobrazhenski) las defiende también en su libro Sobre la acumulación socialista. Buenos Aires, Materiales Sociales, 1973. La crítica del socialismo mercantil fue desarrollada por Preobrazhensky en su libro La nueva economía [México, ERA, 1971], donde planteará la relación entre el mercado y el plan como una contradicción estratégica y antagónica. Otro pensador soviético de la década de 1920, Isaak Illich Rubin, desarrollará una aguda crítica al socialismo mercantil en su formidable Ensayos sobre la teoría marxista del valor. México, Siglo XXI, 1987. Sobre aquel debate de la década del ’20 y sus implicaciones actuales, también puede consultarse con provecho la discusión posterior entre Ernest Mandel, Alec Nove y Diane Elson: La crisis de la economía soviética y el debate Mercado/Planificación. Buenos Aires. Imago Mundi, 1992 [la polémica original tuvo lugar en la revista marxista inglesa New Left Review, entre 1986 y 1988, cuando todavía existía la URSS]. Las posiciones defensoras del socialismo mercantil fueron planteadas en esa polémica por el profesor británico Alec Nove, primero a través de su libro La economía del socialismo factible [1983] y luego con su artículo “Mercados y socialismo”. En dicha polémica la crítica a la falsa igualación entre mercado y democracia, así como a la homologación de planificación socialista y burocracia fue argumentada por Ernest Mandel en sus artículos “En defensa de la planificación socialista” y “El mito del socialismo de mercado”. El mismo Mandel, un par de décadas antes, también había participado en el debate cubano, apoyando las posiciones de Ernesto Che Guevara a favor de la planificación socialista. (2) Véase Abel Aganbegyan: La perestroika económica. Una revolución en marcha. Buenos Aires., Grijalbo [colección Economía y Empresas], 1990. Este libro, verdadera antología del desconcierto ideológico y una auténtica joya de la confusión política, es decir, síntesis magistral de neoliberalismo puro y duro promovido en nombre de la “democratización del socialismo” debería ser de consulta permanente. Su sola lectura resolvería de un plumazo muchas discusiones y debates actuales… Su autor, caracterizado y promovido como “el arquitecto de la perestroika”, era uno de los principales asesores económicos y políticos de Mijaíl Gorbachov. Según su opinión, “El problema principal consiste en sustituir el sistema de administración mediante órdenes, que ha regido en nuestro país [la URSS] durante los últimos cincuenta años, por un sistema de administración radicalmente nuevo, basado en la utilización de los métodos económicos, desarrollo del mercado y de los mecanismos financieros y crediticios, afirmación de los estímulos económicos, y todo esto bajo la influencia determinante de una democratización general y de la aceptación de la autoadministración”. Obra citada. p.30. [En esta cita y en todas las de este trabajo, el subrayado me pertenece, excepto cuando se indique lo contrario. Néstor Kohan]. Así se abre el libro… postulando la generalización desembozada del mercado, la proliferación de los estímulos dinerarios y la autogestión financiera de las empresas compitiendo entre sí. Siempre asimilando, de manera tramposa, al viejísimo mercado con…. “lo nuevo” y enmascarando la mercantilización de la vida social con un proceso de “auto” desarrollo, cuando no hay nada más opuesto al autodespliegue humano que las relaciones mercantiles, invariablemente fetichistas, alienadas, anónimas, impersonales, jamás sujetas a la racionalidad y al control humanos. Cualquier parecido con otros procesos más recientes no es pura casualidad. El libro de Aganbegyan intenta sistematizar las recurrentes y periódicas recetas mercantiles que se fueron implementando progresivamente en la URSS. Primero con la NEP, luego con la “utilización de la ley del valor” bajo Stalin; más tarde con Jruschov; luego con Kosyguin y finalmente con Gorbachov. Véase la reconstrucción histórica de estas arremetidas mercantiles, festejadas y aplaudidas por Aganbegyan, en Obra citada. pp.181-191. (3) Véase Abel Aganbegyan: La perestroika económica. Una revolución en marcha. Obra citada. pp.105-139. (4) Véase Ernesto Che Guevara, Charles Bettelheim, Ernest Mandel, Marcelo Fernández Font y otros: El gran debate. Sobre la economía en Cuba. La Habana, Ocean Sur, 2003. Hemos intentado analizar en diversos textos ese debate y en particular las posiciones más radicales allí defendidas por el Che Guevara. Véanse nuestros libros Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América, 2005. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/nestor_sujeto.pdf ; Che Guevara: Un marxismo para el siglo XXI. Caracas, Colección Nuevo Socialismo, 2009 y el más reciente En la selva. (Los estudios desconocidos del Che Guevara. A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia) . Caracas, Misión Conciencia, 2011. También el prólogo “Ernesto Guevara: Una reflexión de largo aliento”, que escribimos para el libro de Carlos Tablada El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara. Buenos Aires, Nuestra América, 2005. pp. 1-18. Prólogo en la web: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7065 (5) Para una crítica extensa, detallada, pormenorizada y rigurosa de esta supuesta “utilización inteligente” de la ley del valor en la transición al socialismo por parte de los partidarios del socialismo mercantil, véase Ernesto Che Guevara: Apuntes críticos a la economía política. Melbourne, Ocean Sur, 2006. Lo mismo vale para sus ensayos “La planificación socialista, su significado” y “Sobre el Sistema Presupuestario de Financiamiento”. En todos esos trabajos el Che desmenuza la incoherencia teórica y las nefastas consecuencias políticas —tanto para la nueva sociedad que se pretende construir como para la conciencia popular que emerge de ese proceso— derivadas de esta apologética de la autogestión financiera de las empresas que hoy, en el año 2011, vuelve a asomar su cabeza en nuestros debates actuales… con rostro aparentemente ingenuo de “niño inocente” y como si nada hubiera sucedido en las últimas décadas. (6) Véanse los trabajos de Radivoj Uvalic; M.E.Kardelj; y Dusan Bilandzic: “La autogestión en Yugoslavia”. Recopilado en Ernest Mandel: Control obrero, consejos obreros, autogestión [Antología]. México, ERA, 1974. Esta cita pertenece a Dusan Bilandzic. Obra citada. p. 324. (7) En las tradiciones de Nuestra América, ese orden comunitario —previo y ¿por qué no? postcapitalista— sigue estando a la orden del día en las comunidades de los pueblos originarios con instituciones sociales, económicas, políticas y culturales como el ayllu, para el caso andino (abarcando los territorios hoy conocidos como Bolivia, Perú y Ecuador) y otros análogos para el caso centroamericano. En el caso europeo, muchas tradiciones comunitarias municipales del pueblo vasco —y otros pueblos igualmente resistentes— también expresan la supervivencia de relaciones sociales colectivas y auténticamente democráticas no sujetas al ordenamiento económico, jurídico y político capitalista. Fue precisamente Marx quien indagó, tanto en El Capital como en los Grundrisse [primeros borradores de El Capital] y también en escritos tardíos, en ese ordenamiento comunitario que se encuentra por debajo de la “crisálida social” mercantil del valor, el dinero y el capital. Véase Karl Marx: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858 . México, Siglo XXI, 1987. Tomo I, pp. 433-475; Karl Marx: El Capital. Crítica de la economía política. México, Siglo XXI, 1988. Tomo I, Vol. I. pp.87-102 y Karl Marx: El porvenir de la comuna rural rusa. México, Siglo XXI, 1980. (8) Hemos intentado demostrar esta tesis sobre el carácter irreductiblemente fetichista, irracional y despótico de todo mercado (incluido el “mercado socialista”) en el libro Nuestro Marx. Caracas, Misión Conciencia, 2011. Allí, sobre todo en la segunda parte, intentamos argumentar en detalle la crítica socialista y comunista del mercado, tratando de demostrar lo insostenible, tanto teórica como prácticamente, de un proyecto socialista mercantil y la urgencia impostergable de desarrollar una estrategia de largo plazo contra el mercado en la transición al socialismo. Una estrategia que deberá ser al mismo tiempo económica, política y cultural, sometiendo a discusión todo disfraz mercantil presentado bajo la falsa apariencia de “medidas sólo técnicas”. Obra citada. pp.560-784. (9) Véase Radivoj Uvalic: “La autogestión en Yugoslavia”. Obra citada. 314-315. Este mismo autor yugoslavo cita una encuesta de 1956 (en pleno auge del “modelo de la autogestión”) realizada por el Instituto Federal de Estadísticas entre trabajadores yugoslavos en la cual los reglamentos de tarifas y las escalas de la remuneración en dinero constituyen el principal foco de interés de los trabajadores autogestionados y cooperativos. Obra citada. pp. 317-318. (10) Véase Dusan Bilandzic: “La autogestión en Yugoslavia”. Obra citada. p. 325. (11) Véase Ljubomir Tadic: “La burocracia como organización cosificada”. Recopilado en Gajo Petrovic; Mihailo Markovic; Pedrag Vranicki y otros: Praxis, revolución y socialismo [Zagreb, Yugoslavia, 1975]. México, Grijalbo, 1981. p. 243. (12) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf (13) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf (14) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf (15) Una de las pocas excepciones lo constituye el periódico Debate Socialista que recientemente le ha dedicado un número completo al estudio del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) en función del presente de Venezuela. Véase Debate Socialista Nº 120, Caracas, 5 y 7 de noviembre de 2010: “El Sistema Presupuestario de Financiamiento y la Revolución Bolivariana”. La edición digital puede encontrarse en el siguiente link: http://www.debatesocialistadigital.com/edicionesanteriores/n120.pdf

Sigue leyendo...